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<strong>Tres formas para ganar las elecciones</strong>

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27 de abr. de 2023

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Por: Francisco Cuello Duarte

En Colombia, y seguramente en otros países latinoamericanos, hay tres formas de llegar a un cargo público de elección popular: 1)Comprando los votos, 2)Persuadiendo al elector y 3)Mediante el fraude electoral.

La compra del voto es una realidad nacional que todos niegan, pero que muchos utilizan y es muy difícil de comprobar porque ningún candidato va a rendir cuentas ante una entidad de control del Estado, sobre un gasto que constituye un delito. Parece que esta mala costumbre nació hace 120 años en un pueblo cercano a Macondo y de ahí subió por el Río Magdalena invadiendo a todo el país. Hoy es una pandemia que se repite cada cuatro años, con más fuerza en algunos municipios, especialmente en aquellas regiones vulnerables, de extrema pobreza, pero también de extrema alegría.

Esta variable es de tipo cultural, muy difícil de erradicar, pero no imposible. Se requiere de una campaña pedagógica, persistente, puerta a puerta, y cuya eficacia depende del perfil del candidato, especialmente de su credibilidad. Es el peor negocio que puede hacer un candidato, mientras que el elector le vende el alma al diablo.

La persuasión del elector depende de otras variables que se utilizan en el marketing político, como por ejemplo, el mensaje. Este puede ser no verbal, es decir, corporal (cuerpo, manos, ojos), donde su apariencia física y su imagen tienen un valor muy importante. En cuanto al mensaje verbal que utiliza el candidato para vender su propuesta, se requiere que sea claro, asertivo y persuasivo. Su efectividad depende de qué palabras utiliza el candidato y cómo las maneja, pues como dice Alex Grijelmo, en su libro La seducción de las palabras, las palabras tienen un poder oculto y por eso seducen; palabras calientes que fascinan y palabras frías que engañan. No basta expresarse bien. El sonido tiene un valor agregado que impacta. El mensaje hace parte de la estrategia y resume el objetivo del proyecto político. Su contenido y forma se diseña según la región, teniendo en cuenta lo que quiere el elector, no lo que se le antoje al candidato.

El fraude electoral fue una maniobra común en años anteriores que ha ido mermando por los controles de las entidades de vigilancia electoral, pero en algunas regiones todavía se mantiene en estado de hibernación, para dar el tarascazo final, como un caimán playero.