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Opinión

¡Ay no!

Olga Leonor Hernández Bustamante
Olga Leonor Hernández Bustamante
Columnista
23 de marzo de 2024

Una conversación íntima revela un dolor oculto. La protagonista, con temor y valentía, se enfrenta a su verdad, iniciando un proceso de sanación y autoexploración.

Por Olga Leonor Hernández ¡Ay no! Ya me vas a hacer llorar… Decía ella mordiéndose los labios. Habíamos llegado a un punto de la conversación donde le era imposible seguir evadiéndose a si misma, dejando de lado su verdadero malestar. Habíamos invertido mucho tiempo en conversaciones transformadoras que habían quitado capas y capas hasta llegar al punto donde estábamos. A la vuelta de sus palabras, doblando la esquina de la conversación, estaba aquello que no había querido ver hasta ese momento. O más bien, eso que ella siempre había visto solo de reojo, cerrando los ojos para no tener que observarlo a fondo. ¡Ay no! ¿En serio me vas a hacer decirlo? Dijo dando un nuevo rodeo. Con el temor a flor de piel, un pequeño trago de agua para la garganta seca. Una mirada de reojo a la mesa donde estaban los pañuelos faciales para el mar de lágrimas que presentía que iba a salir. ¿Es en serio Olga? Pero no esperaba una respuesta mía. Ella sabía que no dependía de mí, dependía de ella. Si la oportunidad se desvanecía, no pasaba nada, yo también la iba a acompañar. No era yo quien la estaba presionando. Era la sensación de lo inevitable. Era en ese momento o en cualquier otro, pero no podía seguir olvidándose de ese dolor eternamente. O bueno... si podía, pero ya no quería. ¡Ay no! Ya me vas a hacer hablar de eso… y sí. Era yo la persona que estaba frente a ella y en la que descargaba el peso de tener que afrontar esa realidad. Era el espejo que yo le ofrecía el que le mostraba que continuar evadiendo su verdadero sentir le estaba haciendo daño. Ella necesitaba una pequeña concesión más, una evasión chiquitica: sentir que era yo la que la iba a hacer hablar. Sin embargo, ambas sabíamos que en realidad era ella misma, acompañada conmigo, la que iba a permitirse hablarlo por primera vez. Era ella la que estaba a punto de volver su sentir palabras, unas palabras que salían con torpeza porque siempre habían estado a la sombra, escondidas. Unas palabras que salían con el paso vacilante de quien apenas esta aprendiendo a caminar, pero que tenían la firme intención de seguir avanzando. ¡Ay no! Mira cómo me pone esto… dijo con una sonrisa bañada en lágrimas. Era ella la imagen perfecta de quien atraviesa triunfante un dolor profundo. Las lágrimas limpian y liberan, pero no eliminan el dolor de inmediato, ese irá sanando poco a poco. La sonrisa muestra el reconocimiento de la fuerza que se tiene para afrontarlo, muestra el orgullo por no haberse dado por vencida. Todos reconocemos dónde está nuestro dolor, lo que pretendemos o buscamos con ciertos comportamientos, lo que realmente queremos decir. Todos sabemos qué es aquello que ocultamos hasta que no podemos esconderlo más.