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Opinión

Yo soy de una azotea

Raymond E. Gomes-Cásseres
Raymond E. Gomes-Cásseres
Columnista
18 de abril de 2023

El autor rememora su infancia y juventud, comparando su experiencia con la del escritor Héctor Rojas Herazo. La azotea, su "patio", fue escenario de juegos, cometas y primeros amores, forjando su identidad.

Por: Raymond E. Gomes-Cásseres A Héctor Rojas Herazo, el gran escritor, cuando le preguntaban en las entrevistas sobre su origen, siempre respondía: “yo no soy de un pueblo (Tolú), yo soy de un patio”. Del extenso patio de su casa, que como la mayoría de los patios costeños, estaba conformado por árboles frutales como mangos, tamarindos, cocos, guayabas, guanábanas, palmeras, etc., y por una fauna doméstica como gallinas, cerdos, pavos, patos, perros, etc., y cuyo fondo colindaba con las playas del mar. Allí, el gran escritor toludeño, tuvo un amplio escenario para sus juegos infantiles. Y ya lo han expresado algunos sicólogos, la infancia es la verdadera patria de las personas. Remedando a este escritor, aunque guardando la distancia,   puedo decir que yo no soy de un pueblo (Sincelejo), yo soy de una azotea. Como desde el primer año de vida he vivido en el segundo piso de una casa de dos pisos, cuyo techo es una extensa placa vaciada al estilo antiguo con cemento, triturado y arena (se accede a ella por una escalera de madera), esa azotea prácticamente fue el patio de mi infancia y juventud. El recuerdo más antiguo que tengo de ella, es cuando a la edad de 8 años, mi tío-padre, me subía de su mano, junto con mi hermana, a disfrutar de las tardes soleadas. A las cuatro en punto pasaba por la carrera 19  un señor montado en su caballo alazán, rumbo a la Cruz de Mayo y anexos, a quien nuestro padre nos pedía que lo saludáramos con las palabras: “adiós, Dr. Zapata”, lo cual hacíamos hasta que él se perdía en la distancia por la loma de la calle de las Flores, frente a la casa de los Becerra. Nunca supe quién era ese señor, pero su recuerdo se quedó en mi memoria, al igual que esas tardes soleadas en la azotea con mi padre. A los 12 años, la azotea se convirtió en el escenario ideal de los adolescentes de la calle Chacurí, para remontar los barriletes. Con la complicidad vigilante de mi padre, cerca de 15 adolescentes durante las tardes soleadas de agosto, le dábamos rienda suelta a nuestras ansias de volar, aunque fuera a través de una cometa, hasta cuando la obscuridad de la noche nos lo permitía. Los Alcocer, los Arrázola, los Gomes-Cásseres, los López, los Montoya (de origen antioqueño) vecinos de la calle Chacurí, y los Urzola Capella, residentes en otra calle cercana, durante varios años fuimos asiduos visitantes de la azotea hasta cuando el tiempo nos maduró y nos llevó por otros rumbos. A los 15 años, con la llegada de los primeros enamoramientos, la azotea se convirtió en el lugar ideal para desfogar la incipiente   vocación literaria que empezaba a insinuarse en mí en  la edad primaveral. Una atracción irresistible por el paisaje que se observaba desde allí en los atardeceres   al caer el sol en   la Serranía de los Montes de María, me llevó a descubrir la belleza oculta para muchos de mis coterráneos,   de mi ciudad. Por esto no me fue difícil describirla de la siguiente manera. “Sincelejo es una ciudad bella por naturaleza, por sus atardeceres primaverales adornados con un cielo brillante que solo pierde su color azul por el noroeste, cuando en los ocasos el sol de los venados al hundirse en los cerros de la Sierra Flor incendia las nubes con sus lenguas de fuego”.