
¿Y dónde está la primera dama?

Verónica del Socorro Alcocer García, sincelejana de nacimiento y de corazón, llegó a la Casa de Nariño en agosto de 2022 con una carga simbólica poderosa.
Por Silverio Jose Herrera Caraballo. Verónica del Socorro Alcocer García, sincelejana de nacimiento y de corazón, llegó a la Casa de Nariño en agosto de 2022 con una carga simbólica poderosa. Como primera dama oriunda de Sucre, su sola presencia despertó entusiasmo local: por fin alguien del departamento tendría eco (o eso se creyó) en el poder central. Sin embargo, tres años después del ascenso al poder de Gustavo Petro, las expectativas se han diluido en escándalos, distancias, acusaciones de despilfarro y protocolos cuestionados, pero de lo que se esperaba, ¡Nada! Históricamente, en Colombia la primera dama ha sido una figura protocolaria: acompañaba al presidente en ceremonias, actividades sociales y, en algunos casos, lideraba proyectos humanitarios o culturales (Nidia Quintero, q.e.p.d, el mejor ejemplo). Su papel emanaba de la cercanía con el poder, con un rol simbólico pero reconocible. En el caso de Alcocer, esa simbología tomó dimensiones internacionales. Encabezó una agenda diplomática notable: recibió a la reina Máxima en febrero de 2024, viajó a Suecia en junio para una visita de Estado, estuvo junto al presidente en la inauguración de los Juegos Olímpicos de París en julio, fue invitada especial en Abu Dabi en febrero de 2025 y representó al país en el funeral del papa Francisco en abril de 2025. Según fuentes oficiales, ha ejercido un liderazgo autónomo e independiente, fortaleciendo alianzas sociales y diplomáticas (se dice). Ese despliegue internacional contrasta con la ausencia de resultados visibles para Sucre. Pese a su origen, no se han materializado beneficios concretos para el departamento. Ni fundaciones locales, ni programas sectoriales, ni obras públicas derivadas de su influencia. Las apariciones públicas parecen concentrarse más afuera que en su círculo más próximo. Muchos sucreños que se entusiasmaron más por Verónica que por Gustavo hoy sienten que el llamado “cambio” fue otro fiasco, al menos en lo que a su departamento respecta. Su imagen tampoco ha estado exenta de polémicas. A inicios de su mandato, denuncias sobre los costos de su equipo, sus asesores, maquilladores, vestuaristas y fotógrafos generaron malestar. Se aseguró que su séquito tenía gastos millonarios y que sus viajes internacionales eran financiados con recursos públicos. Además, fueron presentadas demandas judiciales que tumbaron su designación como embajadora “en misión especial”, argumentando que violaba normas constitucionales que impiden nombrar cónyuges en cargos públicos. El Gobierno apeló y el caso sigue en revisión. Estos episodios han opacado la imagen de una figura que prometía cercanía y efectividad, dejando en cambio la percepción de un personaje costoso, lejano y judicialmente cuestionado. Hoy la pregunta que muchos se hacen es sencilla: ¿dónde está la primera dama? Sigue ejerciendo el papel protocolario, respaldada en viajes y compromisos diplomáticos, pero su contacto con Sucre es escaso y no hay evidencias de proyectos específicos para su tierra. Se mantiene en el escrutinio público más por las polémicas que por acciones concretas dentro del país. La paradoja es evidente: su rol simbólico, que nació de su origen sucreño, ha sido eclipsado por el distanciamiento y las controversias, con un alcance externo mucho mayor que local. Si la esperanza inicial fue el “paquete chileno” que prometía abrir oportunidades para su departamento, hoy podría verse como un envoltorio vacío: presencia internacional y notoriedad, pero poca sustancia para su gente. Su posición ha alterado los límites tradicionales de la figura de primera dama, generando debates sobre funciones, privilegios y legitimidad. Pero la pregunta central sigue siendo a quién ha beneficiado realmente su presencia en la Casa de Nariño y cuál será el legado concreto que dejará. La primera dama sigue siendo, constitucionalmente, la esposa del mandatario, sin un rol formal definido. No obstante, ha expandido esa figura hacia la diplomacia y los escenarios internacionales, con agenda propia y recursos significativos. El problema es que, para muchos sucreños, esa expansión se ha hecho mirando hacia afuera y no hacia adentro, dejando a su departamento como un mero recuerdo sentimental en su biografía. Lo que pudo ser un símbolo de reivindicación para una región históricamente olvidada terminó convirtiéndose en una presencia distante. El simbolismo quedó en el origen; el impacto real está ausente. Y esa ausencia, política y simbólica, es quizá la herida más visible para Sucre.