Cargando indicadores...
Sucre Logo
Imagen del artículo
Opinión

Volver a empezar

Selma Samur de Heenan
Selma Samur de Heenan
Columnista
12 de abril de 2026

“Escribe: antes de venir como Juez justo, abro de par en par la puerta de mi misericordia. Quien no quiera pasar por la puerta de mi misericordia, tendrá que pasar por la puerta de mi justicia.”

“Escribe: antes de venir como Juez justo, abro de par en par la puerta de mi misericordia. Quien no quiera pasar por la puerta de mi misericordia, tendrá que pasar por la puerta de mi justicia.” Diario de Santa Faustina Kowalska, numeral 1146. Hoy, segundo domingo de Pascua, la Iglesia celebra la Divina Misericordia y seguimos contemplando a Cristo resucitado para recordar un hecho concreto que ocurrió en la cruz. El apóstol san Juan nos dice que, cuando Jesús ya había muerto, un soldado le abrió el costado con una lanza y al instante brotó de Él sangre y agua, alcanzando incluso a tocar sus ojos. La Beata Ana Catalina Emmerick relata que ese hombre, a quien identifica como Longinos, tenía problemas de visión. Al recibir sobre sí la sangre y el agua del crucificado, no solo se le aclaró la vista, sino que también se iluminó su conciencia. A partir de ese momento inició su conversión. Este hecho nos deja ver hasta dónde llega la misericordia de Dios, capaz de tocar incluso al que parecía más distante. Siglos más tarde, el Señor quiso recordar esta verdad de manera especial a través de Santa Faustina Kowalska, y la Iglesia, por medio de San Juan Pablo II, extendió esta celebración a todo el mundo. Cristo ha muerto y ha resucitado, y de su entrega brota el perdón que sigue alcanzando al hombre. El Evangelio de este domingo nos presenta a Jesús en medio de sus discípulos, ofreciéndoles la paz y mostrándoles las manos y el costado. Luego sopló sobre ellos para que recibiendo al Espíritu Santo, se encargaran de perdonar los pecados. La misericordia se hace vida con Cristo que nos invita a recibir su perdón y delega en sus apóstoles la facultad de otorgarlo. Recordemos que cada Pascua implica el paso de la muerte a la vida, del pecado a la gracia. Cada uno está llamado a dar ese paso de manera personal. Para ello, podemos buscar la reconciliación con Dios, acoger su perdón y emprender un camino real de conversión. Hoy es una oportunidad real para volver a empezar. “Alegraos siempre en el Señor; os lo repito, alegraos. El Señor está cerca. No os inquietéis por nada, antes bien, en toda ocasión, presentad a Dios vuestras peticiones mediante la oración.” Carta a los Filipenses 4, 4-6