
Vivamos en paz

Colombia enfrenta desafíos persistentes: corrupción y violencia. Tras décadas de intentos, la paz anhelada y soluciones económicas equitativas siguen pendientes, junto a la transparencia electoral.
Por: Édgar Arrieta González. El inventario de problemas, y a veces podría decirse de seudoproblemas, que han ocupado a los colombianos desde finales del siglo pasado hasta la fecha, podrían ser muy extensos. Los que han estado presente son, casi por definición, los que redefinen permanentemente, aquellos cuyas soluciones generan nuevos desafíos. Sin embargo, hay dos temas que los colombianos queremos ver superados: el de la corrupción y el de la violencia. Después del pacto entre liberales y conservadores, muchos caminos se han propuesto y ensayado desde 1947 con escasos resultados. El país no confía en la capacidad de derrotar la violencia con represión en las negociaciones que algunos ven como concesiones a quienes han hecho la violencia y como preludios de nuevas violencias. Los colombianos pacíficos queremos que la paz se busque no con gestos teatrales, con declaraciones y plebiscitos, con hechos simbólicos, en que todo el país pacífico muestre que hasta el comercio y la misma guerra, se hacen en nombre de la paz. “Que la paz que anuncian con sus palabras esté primero en sus corazones” San Francisco de Asís Entre los problemas que se redefinen constantemente están los económicos: se ha discutido bastante acerca de las relaciones entre desarrollo económico y equidad. Que el desarrollo económico reducirá la desigualdad, mientras que otros sostienen que las distintas formas de acción del Estado para distribuir la riqueza o luchar unidos con la pobreza y desigualad es lo ideal. Otra situación preocupante es el funcionamiento del sistema electoral, los mecanismos para hacerlo transparente, que se busque una solución para muchos de los llamados vicios de la política, denunciados hasta la saciedad (corrupción electoral, clientelismo…) De manera definitiva, los colombianos esperamos un desenlace civilizado del conflicto armado que garantice la participación ciudadana en el condominio nacional sin temor a ser masacrados o asesinados y su final feliz contribuya a recuperar la autoestima del país, herido de modo crucial por los actos inhumanos que se han dado en las dos últimas décadas a lo largo y ancho de nuestra patria (falsos positivos, masacres, desapariciones, asesinatos….). Es por ello necesario una concertación humanitaria a este absurdo enfrentamiento que tiene secuestrado al país y nada justifica su continuidad, pues esta situación ha llegado a límites insospechados, afectando las relaciones y la convivencia interna, ya que nos hemos creado una mentalidad beligerante, de odio y temor, donde ha perdido valor la confianza y la verdad.