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Opinión

Venezuela: la ambición de Trump, la inseguridad de Petro y el riesgo de explosión regional

Silverio José Herrera Caraballo.
Silverio José Herrera Caraballo.
Columnista
13 de enero de 2026

Tras la operación militar estadounidense que terminó con la captura de Nicolás Maduro, América Latina observa con alarma una sacudida geopolítica de consecuencias impredecibles.

Tras la operación militar estadounidense que terminó con la captura de Nicolás Maduro, América Latina observa con alarma una sacudida geopolítica de consecuencias impredecibles. La madrugada del 3 de enero de 2026 pasará a la historia como un antes y un después para Venezuela, Latinoamérica y, sin duda, para Colombia. En un sorpresivo operativo que combinó inteligencia militar, logística, una Operación de precisión y una decisión política de alto riesgo, el gobierno de Donald Trump ordenó la captura de Nicolás Maduro; su detención fue ejecutada por fuerzas especiales estadounidenses y posteriormente trasladado a territorio norteamericano. La noticia cayó como un terremoto político: explosiones en Caracas, un golpe directo al corazón del régimen y un mensaje claro: Estados Unidos está listo para intervenir con fuerza cuando lo estime necesario. Trump no solo anunció la detención de Maduro, sino que aseguró que su administración asumirá el control de Venezuela “hasta lograr una transición justa y ordenada.” A renglón seguido, declaró que la autoridad temporal recaerá en la vicepresidenta Delcy Rodríguez, (mientras obedezca) bajo condiciones impuestas por Washington mismo. Desde el primer momento, las reacciones se polarizaron. El presidente Petro, que inicialmente fue muy crítico de la ofensiva (llamándola una agresión contra la soberanía venezolana y un peligroso precedente para la región), debió ajustar sus palabras tras una conversación telefónica con Trump (estrategia política o simple susto). Si bien mantuvo el rechazo formal a la intervención militar, Petro orientó su discurso hacia la necesidad de garantizar la seguridad en la frontera y evitar una crisis humanitaria que, según sus propias palabras, “podría afectarnos profundamente.” En Colombia, esa frontera que siempre ha sido un límite difuso entre crisis y oportunidad volvió a ponerse bajo presión. El gobierno colombiano, tras el anuncio de los ataques estadounidenses, movilizó fuerzas hacia puntos clave para prevenir una estampida de migrantes y cualquier intento de grupos armados por cruzar la línea limítrofe en medio de la incertidumbre. El riesgo de una movilización de guerrilleros colombianos, buscando aprovechar el vacío de poder o la desestabilización dentro de Venezuela, se convirtió en una preocupación tangible para las autoridades de seguridad. Mientras tanto, la sociedad venezolana vive un choque de emociones. Por un lado, miles celebran en el país y en el extranjero, especialmente en ciudades fronterizas con Colombia la caída de Maduro, visto como símbolo de represión, corrupción y colapso económico. Por el otro, hay temor profundo por lo que vendrá: la estructura de control interno del chavismo no se desmonta de la noche a la mañana, y la continuidad de represión por parte de estructuras paramilitares o civiles armados parece ser la sombra más peligrosa que acecha la transición. La reacción internacional fue tan diversa como el mapa político global. Países como Brasil, Cuba, Rusia, Irán y China condenaron la acción estadounidense, calificándola de agresión imperialista y violación al derecho internacional. En contraposición, dirigentes como el argentino Javier Milei y otros líderes alineados con la postura de Trump celebraron la caída del régimen venezolano. Europa, por su parte, llamó en su mayoría a respetar la soberanía y a buscar soluciones a través de negociaciones diplomáticas en lugar de operaciones militares. Petro, consciente de que Colombia no es ajena a las tensiones geopolíticas, ha intentado mantener un equilibrio crítico: rechazar el uso de la fuerza, defender la soberanía latinoamericana e insistir en soluciones multilaterales a través de organismos como la ONU. Sin embargo, el propio presidente colombiano ha reconocido que la dinámica de esta crisis lo coloca en una posición compleja: cualquier respuesta colombiana será observada bajo la lupa de los intereses globales y de una sociedad interna cada vez más polarizada. Hay temas que requieren atención inmediata: la seguridad fronteriza, la presión humanitaria, los posibles movimientos de grupos armados irregulares, la reconfiguración de alianzas regionales y el impacto económico que esta nueva etapa traerá para Venezuela, con su crisis monetaria agravada por bloqueos, devaluación acelerada y el control extranjero de sus activos petroleros. Este es un momento histórico (no solo un hecho noticioso) que obliga a la región a evaluar con realismo sus prioridades: ¿La intervención estadounidense traerá verdadera democracia o un nuevo tipo de tutela? ¿Colombia puede permitirse el lujo de mantenerse ajena sin perder soberanía propia? ¿La comunidad internacional actuará para estabilizar o para aprovechar? Lo sucedido desde aquella madrugada del 3 de enero no concluirá pronto. Esta columna es una mirada crítica, no definitiva, que se revisará y ajustará con cada nuevo acontecimiento. Porque en política, como en la historia, las consecuencias empiezan a revelarse mucho después de que el primer disparo ha sido escuchado.