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Opinión

Una Región Caribe fuerte

Manuel Cadrazco Martelo
Manuel Cadrazco Martelo
Columnista
18 de marzo de 2026

Aprovechar la cooperación entre los departamentos del Caribe colombiano exige de la competencia fragmentada a la construcción de proyectos compartidos que respondan a desafíos que ningún territorio puede resolver solo.

Aprovechar la cooperación entre los departamentos del Caribe colombiano exige de la competencia fragmentada a la construcción de proyectos compartidos que respondan a desafíos que ningún territorio puede resolver solo. La región comparte una geografía, una historia económica y unas vulnerabilidades sociales, económicas y climáticas que, bien articuladas, pueden convertirse en una plataforma de desarrollo conjunto. Esa es la lógica que organismos como el BID han resaltado recientemente al hablar de esquemas de cooperación más flexibles y pragmáticos en América Latina, donde la clave no es la homogeneidad institucional, sino la capacidad de coordinar intereses diversos bajo objetivos comunes. En el Caribe, esa agenda puede tomar forma en varios frentes. La conectividad es el primero: mejorar la movilidad terrestre, aérea y marítima entre departamentos permitiría dinamizar el turismo, reducir costos logísticos y fortalecer cadenas productivas regionales. La fragmentación actual hace que cada departamento piense su infraestructura como un proyecto aislado, cuando en realidad la competitividad depende de corredores integrados que unan puertos, aeropuertos, zonas francas y centros urbanos. El segundo frente es la economía compartida. La región tiene vocación turística, agroindustrial y portuaria. Una estrategia conjunta permitiría diversificar la oferta, evitar duplicidades y posicionar al Caribe como un destino y un mercado articulado. Esto incluye desde la promoción internacional hasta la creación de clústeres regionales de servicios, gastronomía, industrias culturales y economía azul. El tercer frente es el manejo de ecosistemas comunes. Playas, ríos, ciénagas y manglares no entienden de límites administrativos. Su protección requiere estándares ambientales unificados, monitoreo conjunto y proyectos de restauración que integren a varios departamentos. La cooperación ambiental no solo es una obligación ética, sino una oportunidad económica: turismo sostenible, investigación científica y adaptación climática pueden convertirse en motores de empleo y conocimiento. Finalmente, está el intercambio de capacidades. Universidades, centros de investigación, cámaras de comercio y gobiernos locales pueden crear redes de conocimiento que aceleren la innovación y profesionalicen la gestión pública. La región tiene talento, pero lo usa de manera dispersa. Con las elecciones regionales de 2027 en el horizonte, este debate adquiere un matiz estratégico. No se trata de uniformar agendas políticas, sino de reconocer que la gobernanza del Caribe necesita puentes estables entre administraciones, independientemente de quién gane en cada departamento. La cooperación no es un eslogan: es la única forma de que la región deje de competir o depender del nivel central y empiece a construir un proyecto colectivo.