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Opinión

Una nueva forma de desigualdad

Susana Viera
Susana Viera
Columnista
22 de marzo de 2026

La conectividad digital dejó de ser un lujo tecnológico para convertirse en una condición básica del desarrollo. Los países que logren integrar infraestructura digital, habilidades tecnológicas y uso productivo de las TIC estarán mejor posicionados para participar en la economía global. Los que no lo hagan corren el riesgo de quedar atrapados en una nueva forma de desigualdad: la exclusión digital.

La conectividad digital dejó de ser un lujo tecnológico para convertirse en una condición básica del desarrollo. Los países que logren integrar infraestructura digital, habilidades tecnológicas y uso productivo de las TIC estarán mejor posicionados para participar en la economía global. Los que no lo hagan corren el riesgo de quedar atrapados en una nueva forma de desigualdad: la exclusión digital. No es casual que la conectividad haga parte de la agenda internacional de desarrollo. Se reconoce explícitamente la necesidad de ampliar el acceso a tecnologías de información y comunicación como motor del crecimiento económico y la inclusión social. La lógica es clara, sin infraestructura no hay digitalización. La red de fibra óptica, las antenas móviles, los centros de datos y los sistemas satelitales son estratégicos para el desarrollo como lo fueron los ferrocarriles y las carreteras en la revolución industrial. Pero la infraestructura por sí sola no resuelve el problema. La experiencia internacional demuestra que una sociedad conectada sin habilidades sigue estando excluida digitalmente. Tener acceso a internet no significa necesariamente participar en la economía digital. La verdadera inclusión ocurre cuando las personas pueden usar la tecnología para aprender, emprender, producir y acceder a oportunidades económicas. En comparación con el promedio latinoamericano, Colombia se encuentra en una posición intermedia. No es uno de los países más rezagados de la región, pero tampoco lidera la transformación digital. La brecha digital sigue estando marcada por desigualdades socioeconómicas, educativas y territoriales que limitan el uso productivo de la tecnología. Pensemos por un momento en la historia de la humanidad sin tecnologías digitales. Durante siglos, el conocimiento viajaba a la velocidad de un caballo. Una carta tardaba semanas o meses en cruzar un océano. Las bibliotecas eran espacios físicos limitados a unos pocos. Hoy, en cuestión de segundos, una persona puede acceder a universidades, mercados internacionales y redes globales de información desde un teléfono móvil. Nunca la humanidad había tenido un acceso tan amplio al conocimiento y a los mercados. Si bien la conectividad abre puertas, también puede diluir la autenticidad, la creatividad y la capacidad de reflexionar cuando se convierte en consumo adictivo de las plataformas digitales o dependencia permanente de la IA. Las nuevas generaciones enfrentan el desafío de aprender a usar la tecnología, sin perder la capacidad de pensar por sí mismas. Conectar a una sociedad es relativamente fácil. Lo difícil es asegurarse de que esa conexión se convierta en conocimiento, innovación y desarrollo. Porque en la economía digital del futuro, el verdadero capital no será la tecnología per se, sino la capacidad humana de usarla con inteligencia.