
Un tiempo especial

La Semana Santa, corazón de la fe, exige sobriedad y reflexión. Revive la pasión de Cristo: desde la entrada triunfal hasta la resurrección, un tiempo sagrado de conversión.
Por Selma Samur de Heenan La Semana Santa es el centro del año litúrgico, el corazón palpitante de nuestra fe. Y por eso, debe vivirse con sobriedad, reconocimiento y austeridad. No es momento para viajes, excesos, fiestas ni comilonas o borracheras. Es un tiempo sagrado que nos llama a la conversión, propicio para el ayuno, la penitencia, la abstinencia, la moderación, las mortificaciones y los sacrificios. Revivamos los pasos dados por Cristo en esos días: Domingo de Ramos. Celebramos la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén. El pueblo lo aclama con entusiasmo, extiende sus mantos en el camino y agita ramas de palma al grito de “¡Hosanna al Hijo de David!”. Días después, muchos de esos mismos labios lo negarán. Lunes Santo. Jesús llega al Templo y lo purifica. Indignado por el comercio que ha invadido el lugar sagrado, vuelca las mesas de los cambistas y expulsa a los vendedores. Su gesto es enérgico, valiente, lleno de celo por la Casa del Padre. Martes Santo. Los enfrentamientos con los fariseos se vuelven más intensos. Jesús denuncia con firmeza la soberbia espiritual y la dureza de quienes se creen irreprochables. Miércoles Santo. Judas pacta la traición, y con ella la posterior sentencia de muerte para su maestro. Jueves Santo. Inicia el Triduo Pascual. Jesús instituye la Eucaristía y el sacerdocio, y lava los pies a sus discípulos y luego, en el Huerto de los Olivos, vive una agonía profunda, solo, abandonado, sudando sangre. Es la noche de la entrega total. Y también la noche en la que muchos huyen. Viernes Santo. Jesús es crucificado. Es el día del sacrificio, de la obediencia hasta la muerte, del amor llevado al extremo. No se celebra misa. Se proclama la Pasión, se adora la Cruz y se comulga con hostias consagradas el día anterior. Se meditan las Siete Palabras y se reza el Viacrucis. Es día de ayuno y abstinencia. Sábado Santo. Todo parece en pausa. El Señor está en el sepulcro. Sólo queda el silencio y la espera. María permanece firme. Al anochecer, se celebra la Vigilia Pascual , la liturgia más hermosa del año: se bendice el fuego, se enciende el cirio pascual y se canta con gozo: ¡Cristo ha resucitado! Con ese grito comienza la Pascua, de la que hablaremos el próximo domingo. Porque si esta semana es sagrada, la que viene después es gloriosa.