
Un amanecer para no recordar

Anaïs López relata una noche de masacre en Colosó a su amigo, en el nuevo libro "Entre el amor pasional y el amor romántico". Un amanecer marcó el desplazamiento a Villa de la Sierra.
Por: Raymond Gomes-Cásseres. En la parte final de mi columna que titulé Homenaje a Colosó, publicada recientemente en la Web de este diario, una de las protagonistas de mi próximo libro “Entre el amor pasional y el amor romántico ” le cuenta a un amigo, lo sucedido en un amanecer en el parque principal de su tierra, lo cual la llevó a desplazarse hacia Villa de la Sierra. “Esa noche de la masacre- le dijo con voz entrecortada Anaïs López a Ramón Manzanares, cuando departían en un Estadero de Villa de la Sierra- una luna grande y redonda trataba de ocultarse detrás de los cerros tutelares de Ricaurte como si presintiera lo que iba a suceder. Yo nunca imaginé que en una noche tan bella iba a presenciar actos que desdicen de nuestra condición de seres humanos. Todavía hoy no comprendo cómo logré soportar esas terribles escenas. Yo, que con solo observar una gota de sangre me desmayaba. Pero el ser humano tiene fortalezas que no conoce y cuando las necesita salen a flote. Aunque también es cierto que al día siguiente de los hechos, estando ya en Villa de la Sierra, sufrí un ataque de nervios. Los actos que presencié todavía atormentan mis noches. Serían aproximadamente las cinco de la mañana del 17 de enero, estando ya levantados porque los hombres tenían que irse a trabajar en los cultivos de aguacate y tabaco, cuando nos tocaron la puerta. Mi mamá salió a abrir con mucho cuidado, pues desde hacía algunos días se oían rumores de que algo malo iba a suceder. Apenas abrió la puerta, un hombre alto y fornido, de ojos saltones, vistiendo prendas militares y con un papel en la mano, le dijo en tono perentorio: “Que salga el señor Miguel y su hijo Juan Carlos y vayan al centro de la Plaza. Las mujeres y los niños se quedan aquí. No se preocupen que a ellos no les va a pasar nada”. Nuestra casa está en la parte occidental de la Plaza principal. Mi papá y mi hermano mayor acataron la orden. A mí el corazón me decía que algo malo iba a suceder, y por eso, después de que ellos se fueron, salí sin que me vieran y me escondí detrás de una ceiba centenaria, que está cerca del centro de la plaza, desde donde observé con dificultad, pues la energía eléctrica se había ido desde la una de la mañana, todo lo que sucedió, o casi todo, pues solo la luz de la luna llena me daba un poco de visibilidad. Había, cerca de la Iglesia, situada en el sur de la plaza, dos camiones de color verde, y un poco más hacia el norte, cerca al rudimentario puesto de salud, otro de color gris. Alrededor de estos camiones se encontraban unos 50 hombres con uniformes verde oliva, con todo tipo de armas. Al centro de la plaza empezaron a llegar las personas reclutadas de sus casas. Identifiqué a la mayoría, igual que a mi padre y a mi hermano, pues los pobladores de los pueblos pequeños nos conocemos muy bien y a pesar de nuestras peleas y diferencias, somos como una sola familia. No obstante la disparidad en el vestir, todos parecían estar uniformados, pues sus rostros se tornaron de un color verdoso, como si de repente el sol que estaba empezando a salir y el miedo les hubiera subido la bilis. Y no era para menos, estar en manos de personas armadas que pueden acabar con nuestra vida, es una situación que no se le desea a nadie. Una mujer, que parecía ser la Jefe del grupo, cubierta con un pasamontañas, ordenó a sus hombres que a cada persona que fuera llegando le amarraran las manos por detrás y los amordazaran. Luego mandó que formaran una fila con la cara frente a ella y los contó uno por uno. Comparó el resultado con la lista de nombres que tenía en la mano: estaban completos los 27 hombres. La mujer, de pequeña estatura y voz aguda, se presentó ante la fila formada como dirigente de las Autodefensas Unidas de Colombia. “Nuestro grupo-dijo- tiene la misión de liberar a la patria de la amenaza guerrillera. Nacimos para combatir a la guerrilla y no descansaremos hasta exterminarla. Las AUC salvaremos a Colombia”. Seguidamente, les dijo que ellos estaban ahí, por ser auxiliadores de la guerrilla. Ante el murmullo del grupo que negaba tener vínculos con la guerrilla, la Jefe trató de calmarlos diciendo que a todos se les iba a hacer un juicio justo. “El que sea inocente, se le soltará, y el que sea culpable, se le matará”. Quienes sabían que era un error, que sus nombres aparecieran en la lista de los paramilitares se tranquilizaron un poco, pero se preocuparon los que por sus actividades económicas habían tenido relaciones comerciales con el grupo subversivo.