
Tolú en la historia

El 14 de julio de 1912, Tolú vivió un maremoto sin precedentes. Un relato de testigos narra cómo las olas amenazaron con destruir el pueblo y la valentía de marineros ante la furia del mar.
Por Aníbal Paternina Padilla En una de las tertulias histórico-literarias que solemos compartir con amigos toludeños hicimos mención de un hecho que para algunos hijos del puerto sucreño aun pasa desapercibido, sucedido el 14 de julio de 1912 cuando se registró un mar de leva no visto antes ni después de esa fecha. Según remembranzas del toludeño Pedro Crisólogo González Herazo, furgonero del antiguo ferrocarril central de Bolívar, vaquero y gaitero en el campamento número 19 y jefe de sonderos de la bahía de Cartagena, peluquero en su pueblo, cadenero de la carretera Tolú – Toluviejo, agrimensor desde 1937 y otros oficios, las olas se alzaban tan alto que de caer en tierra, hubieran sepultado al pueblo. La población corría aterrorizada, abandonando las casas y refugiándose en la iglesia clamando auxilio al Señor. El muelle donde se descargaban las canoas y un buque motor de don Julián Patrón Iriarte desaparecieron tragados por las olas. Otros barcos, chalupas, canoas y balandros llegados de la Costa Abajo, fueron arrastrados y varados en tierra. Sólo la “Diamante” que también pertenecía a don Julián, jugaba con las olas, amarrada al ancla. Era la canoa más navegante, la más caminadora de todas. Al verla embestir las olas, golpeada a estribor y babor, cuatro marineros se le acercaron a don Julián y le dijeron: “vamos a salvar a la Diamante antes que el mar la hunda.” “Ustedes verán mis hijos, el mar esta enfurecido y no perdona.” Según don Pedro Crisólogo, aquellos cuatro marineros, negros atrevidos y dispuestos a salirse con las suyas se arrojaron al agua y vimos que el mar se los tragó, y cuando los dábamos por muertos, una montaña de agua los vomitó mar adentro. Después otra vez desaparecieron, y cuando creíamos que ya estaban acercándose a la Diamante, vimos que dos de ellos volvían a rodar por la playa. De los otros dos, uno subía por la cabuya del ancla y el otro se encaramaba por el timón sin escuchar los gritos de los que le anunciaban la muerte. Al día siguiente, con las aguas tranquilas regresaba la Diamante a las playas de Tolú como si no hubiera pasado nada.