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Opinión

Todo es aprendizaje

Olga Lucía Bustamante Madrid
Olga Lucía Bustamante Madrid
Columnista
13 de julio de 2024

Las palabras pueden ser devastadoras, pero la indiferencia es peor. Aprender a reconocer el sufrimiento ajeno y valorar las experiencias compartidas nos transforma.

Por Olga Lucía Bustamante Madrid Si pudiéramos reconocer el sufrimiento del otro no haríamos tantos daños. Los efectos de las palabras son muchas veces devastadores, y no paramos, no siendo menores que la indiferencia.  La duda y la desconfianza alejan, así como la brisa que arrastra todo a su paso. ¿Qué nos hace creer que somos el juez y la conciencia de los otros? Todos estamos en una búsqueda, y cada proceso es individual. La historia de la humanidad está escrita con demasiadas lágrimas y sentimientos mezquinos, pero no aprendemos. La vida nos pone en el camino con personas desconocidas, y lo vemos como algo casual. ¡No! Algo debemos compartir y aprender. El tiempo de ese compartir corto o largo, tiene una razón de ser, y al no valorarlo, lo desaprovechamos. Es por esa volatilidad de la existencia, que debemos apreciar más a quienes nos acompañan en el diario vivir. Siendo en ocasiones fuentes de dolor, y otras de dicha. ¿Por qué esta vecina y no aquella? ¿Por qué mi hijo es…? ¿Por qué vivo aquí, y no allá? Miles de preguntas sin respuesta, creyendo que algo está funcionando mal. Nada funciona mal. Funciona mal nuestro modo de percibir las cosas. Lamentablemente el número de personas que se auto observan para evitar herir, aprender y desaprender, son muy limitadas. Las personas somos portadores de experiencias y mensajes, encriptados, unos buenos y reconfortantes, otros menos buenos. Algunas pasan rápidamente para mostrarnos  su luz y también sus sombras, de la misma manera ellos aprenden de nuestra armonía o ignorancia. Porque nadie es perfecto.  Lo único cierto es que de cada uno y de cada situación compartida en la convivencia, aprendemos. Los opuestos son maestros el uno del otro. Unos, maestros de aquello que no debemos repetir, otros son instructores de virtud y sabiduría. Somos aprendices y consejeros inexpertos, ninguno malo ni bueno, solo, cada uno es quien es.  La familia es el caso más claro que nos da la naturaleza, en ella nos volvemos peritos en errores y aciertos. No nos queda más que agradecer esas hábiles instrucciones. En la insatisfacción y podemos descubrir nuestra grandeza y pequeñez. La pesadumbre como la dicha son partes de un mismo proceso. De un lado se está en ceguera y oscuridad, y del otro se está despierto y en conciencia.  Si sabemos mirar encontraremos el camino y por supuesto mucha sabiduría en el momento de las variables inevitables.