
Te amo, pero no puedo obligarte a elegirme

"Te amo, pero no puedo obligarte a elegirme." Es una frase que solemos escuchar al final de una relación. Pero, curiosamente, también resume uno de los mayores desafíos de la transformación digital.
"Te amo, pero no puedo obligarte a elegirme." Es una frase que solemos escuchar al final de una relación. Pero, curiosamente, también resume uno de los mayores desafíos de la transformación digital. Durante años los gobiernos se han concentrado en construir plataformas, desarrollar aplicaciones, digitalizar trámites y conectar territorios. Han invertido miles de millones de pesos convencidos de que, una vez disponible la tecnología, los ciudadanos simplemente la utilizarían. Pero las personas no eligen una aplicación porque exista. La eligen porque les resuelve un problema. Sucede parecidamente en las relaciones humanas. El afecto no se decreta. La confianza tampoco. Se construye. Con la tecnología ocurre algo similar. El Estado puede desplegar fibra óptica, instalar antenas, desarrollar portales y lanzar aplicaciones móviles. Sin embargo, ninguna política digital tendrá éxito si los ciudadanos no encuentran valor en ellas. La economía digital no funciona por obligación; funciona por adopción. Las mejores plataformas del mundo tienen algo en común: nadie obliga a usarlas. La gente vuelve porque simplifican la vida. Quizá esa ha sido una de las grandes lecciones de los últimos años. El éxito de una política TIC no debería medirse por el número de conexiones instaladas, sino por la cantidad de problemas que logra resolver. Un agricultor consulta el clima antes de sembrar. Una emprendedora vende por internet. Un estudiante accede a un curso desde un municipio remoto. Un adulto mayor evita desplazamientos gracias a un trámite digital. Cuando eso ocurre, la tecnología deja de ser infraestructura y se convierte en confianza. Tal vez por eso la conectividad significativa va mucho más allá de tener internet. Implica calidad, dispositivos, habilidades digitales, seguridad y servicios que realmente mejoren la vida de las personas. Las políticas públicas también compiten por ser elegidas todos los días. No basta con construirlas. Hay que lograr que la gente quiera usarlas. Porque, al final, incluso la mejor tecnología del mundo termina recordándonos una vieja verdad de las relaciones humanas: Puedes ofrecer todas las oportunidades posibles. Pero nunca podrás obligar a alguien a elegirte.