
Tampoco era ahí

Era una mujer muy bella. Vestida con un vestido amplio y tenis, que le daban un aire de formalidad liviana. Era de esas personas que saben aparecer en cada lugar sin desentonar, que se ven siempre puestas en orden y, al mismo tiempo, casuales, como sin hacer esfuerzo por verse bien, pero logrando hacerlo, sin duda alguna.
Era una mujer muy bella. Vestida con un vestido amplio y tenis, que le daban un aire de formalidad liviana. Era de esas personas que saben aparecer en cada lugar sin desentonar, que se ven siempre puestas en orden y, al mismo tiempo, casuales, como sin hacer esfuerzo por verse bien, pero logrando hacerlo, sin duda alguna. Se sentó suavemente, tomándose el tiempo para empezar. Me miró y después de un suspiro largo habló de su enorme sensación de soledad y su casi desesperada búsqueda de ternura e intimidad. Me contó una a una las historias de frustración y rabia con ella y con los otros, por no poder encontrar en alguien ese lugar. Ella quería hablar horas y horas, abrazos largos en silencio, leer junto a alguien, filosofar sobre la vida, la gente, el mundo, el futuro. ¿El pero? Se atravesaba el deseo, las conversaciones se acortaban y el centro se desplazaba a lo sexual y ella se quedaba esperando que antes o después existiera ese espacio amoroso, de ternura e intimidad que se había disuelto. ¿Qué es el amor para ella? ¿Cómo lo construye? ¿De qué manera ha participado en que las cosas funcionen así? ¿Se dejaría amar de otra manera? ¿Ha pedido ser amada distinto? ¿Ha sido lo suficientemente honesta consigo misma y con los otros? Son muchas las preguntas que corresponden resolver en una experiencia así, pero hoy no hablaremos de eso, sino del vacio que se forma en ausencia de intimidad, que no es sexualidad, aunque estemos acostumbrados a creer que si. Ella, buscaba con afán las conversaciones que le hicieran sentir una conexión emocional profunda, un lugar donde no sentirse juzgada sino recibida por todo lo que era. Buscaba esa sensación de reposo y calma que genera la confianza, saber que podía soltar los nudos y ser recibida, que la información que contara iba a ser protegida y cuidada, sin ser usada luego para reclamos o burlas. Buscaba un lugar dónde poder aceptarse vulnerable, donde poder expresar que la fuerza no le alcanzaba a ratos y que necesitaba ser sostenida. ¿Estaba mal el deseo? Por supuesto que no, pero que la desnudez de los cuerpos se asumiera como reemplazo de la desnudez del alma la dejaba con un hueco en el el corazón. Pasa y pasa muchas veces. Lo veo con constancia en consulta. Mujeres y hombres rodeados de personas, incluso con parejas estables, con una vida “resuelta” pero arrastrando esa sensación de no haber sido nunca vistas completas, de estar reducidas en algún modo a lo que hacen, a lo que saben, a lo que aportan, a lo que resuelven, al rol que cumplen. Sienten que no se han contado a si mismas, porque no tienen espacio para ello, porque la conversación pocas veces va más allá de lo trivial y cotidiano, no de si mismas sino de cómo funciona el mundo. Hace falta ternura, compasión y encuentros genuinos. Hace falta ser vistos completos y no por partes, hace falta llenar espacios vacíos en el corazón. Pero como duele cuando se cree haber encontrado un lugar y comprender que tampoco era ahí.