
Sucre no aguanta más distractores

Los distractores políticos desvían la atención de asuntos cruciales, como revela un estudio en El Salvador. Analizamos su impacto, ejemplos históricos y cómo manipulan la opinión pública.
Por Francisco Montes No quiero especular sobre qué son distractores. Por ello preferí ser preciso y profundizar sobre su significado. Conocedores de la actividad política, los politólogos quienes se dedican a su estudio, señalan que son elementos con la capacidad de desviar la atención de ciertos objetivos o acontecimientos, haciendo que la población olvide lo que realmente importa. En términos generales se dice que la distracción es la desviación de la atención cuando en realidad se debe atender a algo específico. Desde San Salvador, capital del país centroamericano el Salvador, el cual tiene actualmente como presidente a Nayib Bukele, han profundizado sobre estas anomalías. Más aun, hay una organización dedicada a estudiar estos fenómenos. Las irregularidades que surgen desde los distractores es lo que lleva a la población para que confundan y mal interpreten el concepto de la política. Como consecuencia resultan calificaciones desviadas porque se usa el deber ser para camuflar a la politiquería. El politólogo Carlos González, presidente de la Fundación Acción Ciudadana, nos recuerda que los distractores se han implementado desde hace varios siglos. Un ejemplo es el de los juegos en el anfiteatro Flavio (Coliseo Romano) donde los emperadores aplicaban la famosa frase “panem et circenses” (pan y circo) para manejar y mantener entretenida a la población con las luchas de los gladiadores, los enfrentamientos con los animales salvajes y el pan que les repartían, todo con el fin de hacer que la población olvidara los reales problemas sociales y económicos. ¿En Sucre sucede igual? Los distractores tienen mayor impacto cuando la ciudadanía no tiene acceso a la información. Tienen más efectos en el momento que se bloquean los medios y en el caso de las redes con el uso de bodegas haciendo creer que existe aceptación por algún candidato. La cultura se puede usar para estos efectos y crear distractores. Agustín Laje, escritor, politólogo y conferencista, afirma que en la política se desarrolla una batalla cultural. Esta batalla se articula con la opinión pública y grupos humanos extensos mediados por tecnologías comunicativas. Siendo el resultado el mal uso de la cultura para formar opiniones distractoras. Señala Laje que democracia y opinión pública resultan intervenidos por batallas culturales en las que se combate por instituir el sentido de la cultura y con ello manipular la democracia fingiendo que es el verdadero sentido del gobierno del pueblo.