
Soy católica, por ende cristiana.

El autor critica la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos, denunciando su irrespeto a valores religiosos y morales. Considera grave la burla a lo sagrado y lamenta la tibieza de algunos cristianos.
Por Selma Samur de Heenan Santa Catalina de Siena, decía lo que le correspondía e invitaba a que todos hiciéramos lo mismo: “Basta de silencios, gritad con cien mil lenguas. Porque por haber callado el mundo está podrido”. De todo lo ocurrido en la inauguración de los juegos olímpicos, no he podido calificar qué es lo más grave, porque cada irrespeto puesto en escena tiene su propia dimensión y repercusión moral o social. Echaron por la borda los propósitos esenciales y elevados de la práctica deportiva; se deconstruyó la imagen de lo bueno y noble al proponer como digno de resaltar lo más decadente de la naturaleza humana; se les dio como ejemplo a los menores de edad una ridiculización de lo sagrado. Es de suponer que quienes recrearon las escenas conocen la Palabra de Dios, y por eso pudieron tergiversarla con la alusión al jinete del apocalipsis que lleva a las naciones al inframundo, representado por un toro o becerro de oro, que sin ninguna justificación, fue puesto a un lado de los cinco aros, como si fuera parte de los símbolos de los juegos olímpicos, y para colmos, encima de una mesa que simula un altar. Es evidente que cada mensaje enviado tiene un significado macabro y satánico. Leonardo Da Vinci, inmortalizó en la pintura de la última cena, el momento en que Jesús instituyó la Santa Eucaristía. Los ataques a lo que ella representa, no son nuevos. Siglo y medio después, se hizo una sátira denominada el festín de los dioses, que ofendió a los que no se dejaron engañar por intenciones disfrazadas. Lo más desconcertante es la tibieza de tantos cristianos y las interpretaciones ligeras, tontas o pueriles que han expresado. Algunos, han llegado al colmo de exclamar que fue un espectáculo majestuoso, tal vez porque vieron desfilar embarcaciones luminosas y coloridas, cruzando un contaminado Sena. Soy católica, por decisión y convicción. Vivo mi Fe con respeto y espero recibir lo mismo de quienes no aman o no conocen a Jesucristo. No he visto ni lo haré, ninguna de las trasmisiones de los olímpicos, entre otras cosas porque donde no es bienvenido, mi Señor, no hay cabida tampoco para mí. Aunque quienes deberían hablar sigan en silencio, todos podemos manifestar nuestro rechazo, no seamos como los perros mudos descritos por el profeta Isaías.