
Sobre populismo y demagogia

Los gobiernos populistas descuidan las finanzas públicas, priorizando votos sobre la gestión eficiente. Esto contrasta con los estadistas, que buscan el bienestar de todos, a diferencia de los populistas, más preocupados por su base electoral.
Por Ismael Guerra de la Ossa A los gobiernos populistas no les importa un carajo que las finanzas nacionales tengan un buen manejo, es decir, acorde con las reglas fiscales y todo aquello que se exige para una buena y correcta ejecución de los presupuestos generales previamente aprobados por los congresos con el objeto de que los dineros públicos vayan para donde tienen que ir y en las cantidades apropiadas, o sea técnicamente proyectadas con el objeto de que no se produzcan desfases y desajustes que terminen generando desbordamientos y caos. Una sana administración de la hacienda pública no es ni nunca ha sido una práctica que le atraiga a los gobiernos demagógicos y populacheros, pues quienes los presiden siempre se caracterizan por la carencia total de dotes de estadistas. Aquellos por lo general siempre piensan en las próximas elecciones mientras que estos, los verdaderos estadistas, invariablemente piensan en las próximas generaciones. Ahí está la diferencia en el actuar de unos y otros. Los estadistas tratan a toda costa de encontrar fórmulas que beneficien a todos sus gobernados, sin discriminaciones de ninguna índole debido a que son conscientes de que al llegar al poder ya no solo representan a las parcelas políticas e ideológicas que los apoyaron en campaña sino a toda una nación a cuyo nombre actúan y gobiernan. Los populistas y demagogos creen que su responsabilidad es gobernar para quienes los eligieron y por ello solamente se preocupan por su cauda y manada de áulicos y “sobachaquetas” que les creen a pie juntilla todo lo que dicen y prometen, así sean las más absurdas barrabasadas que se les ocurre a veces no estando en su sano juicio por los efectos de cualquier cosa que los obnubilan y los hacen alejarse de la realidad donde se mueven y residen. Un populista profesional tiene tanta capacidad para engañar, embaucar y engatusar, que quienes los siguen creen ciegamente que lo que está diciendo es la verdad revelada y por eso su reacción ante quienes los contradicen, casi siempre es irascible, desproporcionada, sectaria y en la mayoría de los casos violenta y peligrosa. Ejemplos de esta clase se ven a diario en el trasegar político colombiano, pero más ahora que tenemos un gobierno de izquierda radical, portaestandarte de un rancio populismo intransigente y sectario. ¡Y eso que habla de acuerdo nacional!