
¿Soberbia o narcisismo?

La leyenda griega de Narciso cuenta que un joven quedó atrapado en la fascinación de su propio reflejo hasta morir mirándose en el agua.
Por: Selma Samur de Heenan La leyenda griega de Narciso cuenta que un joven quedó atrapado en la fascinación de su propio reflejo hasta morir mirándose en el agua. Siglos después, los médicos usaron ese relato para describir el amor desmedido hacia uno mismo, y Freud lo convirtió en parte central de la psicología. Hoy, la palabra narcisista se repite en todas partes, ya sea en redes sociales, en terapias de psicólogos, en medios de comunicación y hasta en conversaciones de familia. Se usa como una moda para etiquetar a cualquiera que muestre un rasgo de orgullo, desconociendo que no todo gesto de superioridad corresponde a un trastorno clínico, pues la mayoría de las veces es solo una manifestación de soberbia. La psicología describe el narcisismo, tanto en hombres como en mujeres, aunque con expresiones distintas. En ellos suele notarse en actitudes de grandiosidad o dominio; en ellas como victimismo, manipulación emocional o búsqueda constante de aprobación. Reconocer estas diferencias puede ser útil, pero reducir todo al diagnóstico de “narcisista” deja de lado lo más importante: la dimensión espiritual del corazón humano. Lo que llamamos narcisismo siempre se ha conocido como soberbia, un pecado capital que implica una lucha que puede ganarse con la gracia de Dios. Se combate con virtud, buscando la humildad, con la decisión de servir en silencio, con dejar de buscar siempre la razón, con aprender a mirar a los demás como superiores, como enseña San Pablo. La persona que muestra actitudes de orgullo necesita reconocerlo y trabajar en ello. Y quienes están a su alrededor deben buscar la manera de ayudarla a cambiar esas manifestaciones, acompañándola con paciencia y firmeza. No es apropiado creer que estamos ante una persona “narcisista incurable”, pero sí lo es entender que siempre hay un camino para superar esas enfermedades espirituales y emocionales. Cuando se enfrenta una situación adversa con verdad y amor firme, puede empezar a transformarse lo que parecía imposible. Por eso es tan importante recuperar la seriedad de las palabras. No criamos hijos “narcisistas” o “no narcisistas”. Criamos hijos que pueden caer en la soberbia o crecer en la humildad. Vivimos rodeados de personas a las que Dios ama y quiere rescatar. El mundo moderno inventa nombres de moda que condenan, pero la fe abre la esperanza: todo corazón, por más endurecido o soberbio que parezca, puede ser transformado y aprender a amar de verdad.