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Opinión

Sin sentido

Selma Samur de Heenan
Selma Samur de Heenan
Columnista
3 de diciembre de 2023

La ideología de género, un fenómeno en expansión, desafía las bases biológicas y culturales. Niega diferencias hombre-mujer, infiltrándose en esferas sociales y buscando la "liberación total".

Por: Selma Samur de Heenan Hace poco más de una década que escuché hablar por primera vez de la ideología de género. En ese momento me pareció algo bastante absurdo, y pensé que, tal vez, quien me comentaba sobre ese tema estaba exagerando las cosas y mirándolas con un tinte de fanatismo. Sin embargo, con el pasar de los años he llegado al convencimiento de que se quedó corta en la descripción del problema, porque ni siquiera ella podía dimensionar la magnitud de este fenómeno que podría penetrar en la sociedad contemporánea. Joseph Ratzinger bien lo calificó, como la última rebelión de la creatura contra su condición de creatura, porque con la ideología de género el hombre moderno pretende librarse incluso de las exigencias de su propio cuerpo: se considera un ser autónomo que se construye a sí mismo; una pura voluntad que se auto crea y se convierte en un dios para sí mismo. Esta ideología niega enfáticamente que las diferencias entre hombre y mujer correspondan al orden natural, pretendiendo que se originan como consecuencia de construcciones meramente culturales y convencionales, hechas según los parámetros de comportamiento o estereotipos que se asignan a los sexos. Dicho en otras palabras, para los promotores de estos argumentos, no existe la diferencia biológica entre hombres y mujeres. Piensan que los padres se equivocan al educar a sus hijos de una manera predeterminada, por ejemplo, vistiendo a los niños como niños y a las niñas como niñas, porque así los condicionan a que acepten un rol que, tal vez, no es el que ellos necesariamente van a preferir más adelante en su edad adolescente y adulta. Aparentemente, buscan la “liberación total” del hombre en todos los órdenes. Para lograrlo primero de-construyen el lenguaje, las relaciones familiares, el sistema sexual y reproductivo, la educación, la cultura, la religión, y posteriormente se imponen en forma sutil o agresiva, según la conveniencia del momento. Basan la felicidad en supuestos tan errados como en poder cambiar de rol genérico, todas las veces que se quiera. Están infiltrados en todas las esferas de la sociedad: Gobierno, prensa e Iglesia. Esto hace que cada día haya mayor perversión a todos los niveles, y vemos al Estado queriendo interferir decisivamente, llegando incluso a establecer un ministerio para fortalecerse e implementar mecanismos de opresión para evitar que, según la contundencia biológica, la Fe en Dios, las tradiciones familiares, los valores culturales, éticos y morales, podamos oponernos a esta locura que, sin sentido, cada día se encuentra más naturalizada y protegida.