
¿Siempre sabio?

Salomón fue reconocido como el hombre más sabio de su tiempo. Dios mismo le concedió ese don porque lo buscaba sinceramente.
Por Selma Samur de Heenan Salomón fue reconocido como el hombre más sabio de su tiempo. Dios mismo le concedió ese don porque lo buscaba sinceramente. Cuando subió al trono pidió discernimiento para gobernar al pueblo. El Señor se lo otorgó con abundancia, y con él alcanzó fama universal. Mientras fue fiel a Dios y a su ley, reinó con justicia y trajo prosperidad como nunca antes se había visto en Israel. Pero cuando se dejó seducir por riquezas, placeres y honores, perdió lo más valioso: la inspiración que desde lo alto guiaba sus decisiones. Fue, entonces, cuando se evidenció que Salomón no siempre fue sabio. Conservó la agudeza de pensamiento, pero la desvió al apartarse del camino que lo había engrandecido. Hoy abundan personas brillantes, con títulos, poder y fama, que al dejar de lado la dimensión espiritual, se cierran a la verdad. Son frívolas porque viven para aparentar, acumular y buscar satisfacciones momentáneas, sin hallar paz ni sentido. Sus razonamientos pueden parecer lúcidos porque organizan y construyen con lógica, pero nunca llegan a ser sabiduría si no están enraizados en lo eterno. Ese modo de pensar, sin fundamento trascendente, no transforma ni salva: solo deja vacío y desolación. La vanidad se disfraza de éxito en formas actuales como el afán de consumo, la obsesión por la apariencia en redes sociales, el querer tener siempre más aunque el alma esté vacía. Nos distraemos con lo pasajero y dejamos en segundo plano lo único que permanece. Esa ilusión, igual que en tiempos de Salomón, termina apartándonos del sentido real de la vida. La lección es clara. El ser humano logra analizar, calcular o inventar, pero la sabiduría auténtica es un don divino que orienta hacia lo eterno. Es ella la que da serenidad en medio de las pruebas; claridad para discernir y alegría que no se agota. Salomón nos recuerda que, sin esa relación con el Señor, todo se vuelve efímero y frágil como el humo. Podemos alcanzar muchos retos humanos, pero si no están orientados al Cielo, ¿qué valor tienen? La invitación es a examinar dónde hemos puesto nuestro corazón. Sólo al buscar con sinceridad a Dios encontraremos la sabiduría que llena de verdad y nos conduce a la vida eterna. “Más vale la sabiduría que las perlas, y nada de lo que se pueda desear se le puede comparar” (Proverbios 8,11)