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Opinión

Si lo creyéramos

Selma Samur de Heenan
Selma Samur de Heenan
Columnista
2 de junio de 2024

La fe, a menudo un desafío para la razón, se revela al aceptar lo invisible. Jesús, presente en la Eucaristía, ofrece gracia, pero la incredulidad impide recibir este tesoro que transforma la vida.

Por: Selma Samur de Heenan Creer en las verdades de nuestra fe puede ser muy difícil si buscamos asimilar, únicamente, desde la razón lo que solo con el espíritu se puede aceptar, aun sin entender. La verdadera fe consiste en recibir como cierto lo que no se ve, o lo que aún no ha llegado a suceder. Cuando Jesús les manifestó a sus apóstoles que estaría con nosotros todos los días hasta el fin de los tiempos, no les especificó exactamente como lo haría, pero posteriormente se los fue aclarando. El hijo de Dios está con nosotros en Espíritu y en verdad, porque se encuentra presente en su Palabra y vivo en la Hostia consagrada, esperando que lo recibamos dignamente para hacerse uno con nosotros, convirtiéndonos de esa manera en sagrarios vivos. Pero la incredulidad, la indiferencia hacia lo santo, la obstinación en negarse a cambiar la dirección equivocada que se transita, ocasiona que se pierda este regalo único e irrepetible. Cuando pienso en la cantidad de personas que viven a espaldas de Jesús Eucaristía, que es el manantial de gracia, siento tristeza porque se están perdiendo del tesoro que puede apagar todas sus afugias, tal como lo conversó Jesús en el pozo de Jacob con la samaritana. Ahí le explicó muchas cosas, entre ellas, que llegaría un día en que podríamos adorarlo en cualquier parte y que el agua que manaba de ÉL era la que nos saciaba sin volver a tener sed, porque provenía de la fuente que nos impulsa a la vida eterna. Aun entre los bautizados, persiste una enorme ceguera, y lo pienso de esa manera, porque si realmente creyéremos que Jesús es Dios, y que está a nuestro alcance en la Eucaristía, ¿por qué que no vamos a recibirlo y verlo todos los días? ¿Cómo se transformaría nuestra vida si tan solo reconociéramos que podemos estar diariamente con el creador de todo lo que existe, con pleno poder para ayudarnos en nuestras necesidades, aun aquellas que consideramos imposibles de resolver? Si en verdad creyéramos que Jesús está vivo, ¿andaríamos tan mal? ¿Padeceríamos tanto miedo y confusión? ¿Nos sentiríamos tan solos o tristes y estaríamos dispuestos a seguir pecando, haciendo lo equivocado? Si lo creyéramos, nuestra vida cambiaría, nada continuaría igual porque tendríamos la certeza de ser verdaderos hijos de Dios y estar bajo su amparo.