
Ser terapeuta

La terapeuta Olga Leonor Hernández reflexiona sobre su labor, destacando la importancia de la empatía y la escucha activa. Descubre cómo el silencio y la ausencia de juicio facilitan la conexión con el paciente.
Por Olga Leonor Hernández Bustamante Me gusta ser terapeuta porque puedo no ser la perfecta experta. No estoy confundida, ni estoy botando a la basura todos los estudios y años de experiencia, pero cuando estoy sentada frente a alguien, que abre su corazón y deja salir sus historias, confirmo que mientras más vacía estoy, mientras más calmada y en silencio está mi mente, más puedo acompañar al otro. No me es posible ser una buena terapeuta si al escuchar al otro navego y divago en mis propias ideas o experiencias, si me pierdo de lo que la otra persona me está narrando por querer encontrar la palabra correcta o el concepto que le da validez a algo que tengo para decir. Si quiero ser la que más sabe o la que más técnicas conoce, o la que necesita sentirse útil y capaz, me pierdo en mí y por ende me pierdo del otro. Las preguntas más simples, son las más profundas e interesantes. No es una curiosidad fingida sino un genuino interés de poder clarificar la postura de la otra persona frente a su experiencia. Debo confesar que me genera una oleada de amor genuino ver a mis pacientes confiar y decir algo que no se habían permitido reconocer frente a nadie más, que me maravilla la manera en que le dan rodeos a sus emociones con tal de no reconocerlas, que disfruto la cara de sorpresa cuando se dan cuenta de algo que nunca habían observado y que al poder hablarlo de forma abierta y sin juicios lo pudieron ver. No tengo las soluciones, no tengo las respuestas, no tengo respuestas mágicas. Sé hacer preguntas y tengo la atención y el corazón dispuesto para que quien está frente a mi sea más honesto y genuino, no conmigo, sino con él mismo. Tengo la intención de ser lo suficientemente empática como para que quien está en consulta, pueda ser compasivo consigo mismo y no continuar en esa estela de autoexigencias y castigos que se ha venido imponiendo y que le impiden ver su vida con apertura y fluidez. Soy terapeuta porque siento que hacen falta en este momento que vamos viviendo, espacios donde más allá de los filtros y las redes, podamos exponernos frente a nosotros mismos, donde el espejo sea alguien que acepta y te acompaña a comprender y transformar la imagen de ti mismo producto de tu historia. Ningún pasado es tan pesado como para no poder cargarlo, los nudos son enredados, pero solo hace falta constancia y paciencia para desenredarlos. Aquí estoy, recibiendo en la primera línea, angustias, temores, logros, fracasos, dificultades, historias felices y otras dignas de una película de miedo. Tengo frente a mí a sus protagonistas y los recibo con la calma que me otorga el saber que no debo ser la experta, solo debo estar dispuesta a acompañarlos y con ello, todo el conocimiento que poseo es solo un soporte, pero no son el centro del proceso.