
Sentires de la Cuarentena

El recuerdo de la cuarentena por COVID-19 evoca sentimientos encontrados. En este relato, el autor describe la desolación de su barrio durante el toque de queda y la esperanza de un nuevo amanecer.
Por Raymond E. Gomes-Cásseres A los seres humanos nos encanta recordar las cosas agradables que hemos vivido y tendemos a olvidar las malas experiencias que nos suceden. Pero es bueno recordar estas últimas para sacar enseñanzas de ellas que nos llevarán a enfrentarlas con más éxito la próxima vez. La cuarentena que vivimos por la pandemia del Covid-19, es algo que hoy muchos no quisieran recordar. Pero existió y este fue mi sentir en esos días. “Todos los días, desde cuando decretaron el toque de queda, a las cinco de la tarde mi barrio del Centro queda convertido en un cementerio. No se ve un alma en la calle. Solo unas cuantas motos que pasan raudas a llevar los domicilios o a transportar hasta sus sitios de trabajo a los trabajadores de la salud. En medio de un silencio sepulcral me invade la tristeza de ver este escenario que más parece un campo de guerra, que el lugar bullicioso donde habitaba la fiesta y la alegría en los fines de semana. Hoy esos bares, discotecas y restaurantes que ponían el ambiente continúan cerrados, como hace cuatro meses, pues se les considera los mayores propagadores del Covid-19. Solo falta que caigan las bombas desde el cielo para que mi ciudad en horas de la tarde se parezca a Beirut, o al Líbano, o a algunas de esas poblaciones del África, que libran unas guerras civiles interminables. Un edificio de cuatro pisos, frente a mi casa, donde iba a funcionar un hotel, estaba a punto de ser terminado antes de la Cuarentena, y hoy continúa en obra negra pues a sus propietarios no sé si les acabó el presupuesto o el ánimo de seguir invirtiendo en un negocio con el panorama desolador que se avecina. Estamos en guerra, de eso mi barrio es testigo. Los vehículos de la policía en las noches con sus escandalosas sirenas contribuyen a este panorama aterrador. Me voy a dormir, después de disipar la angustia con algunos programas televisivos, con la ilusión de que al despertarme voy a encontrar otro panorama. Me despierto a veces a las tres de la mañana y me asomo a la ventana para ver si ya clareo en el cielo. Cuando todavía está obscuro me consuelo recordando aquella sentencia que dice “cuando más obscurece es porque va a amanecer”. Luego me duermo otra vez y cuando vuelvo a abrir los ojos, ya está claro y oigo el sonido del vendedor de jugo de naranja partiendo el hielo y el de las mototaxis y los carros trayendo a los empleados de los pocos negocios que han reabierto. La ciudad vuelve a revivir. El sol mañanero y las personas que se abastecen en los supermercados, le devuelven la alegría al Centro. Hay movimiento, hay vida. Pero solo por unas horas. Se acercan las cinco de la tarde y los negocios cierran y las gentes se van para sus casas. Otra vez mi barrio queda desolado por el toque de queda. Otra vez el panorama aterrador. Dan ganas de suicidarse. Solo nos mantiene en pie saber que pronto vamos a salir de esta pesadilla”.