
Santísima Trinidad

Hoy celebramos la fiesta de la Santísima Trinidad, un día apropiado para recordar a San Agustín, que mientras caminaba por la orilla del mar y meditaba sobre este dogma, vio a un jovencito que con una conchita sacaba agua del océano y la echaba en un pequeño hoyo en la arena.
Por: Selma Samur de Heenan Hoy celebramos la fiesta de la Santísima Trinidad, un día apropiado para recordar a San Agustín, que mientras caminaba por la orilla del mar y meditaba sobre este dogma, vio a un jovencito que con una conchita sacaba agua del océano y la echaba en un pequeño hoyo en la arena. Al preguntarle qué hacía, su repuesta fue “Metiendo todo el mar en este huequito”. A lo que él replicó que eso era imposible. Entonces el niño sentenció: “Más difícil es que tú comprendas con tu mente el misterio de la Trinidad”. Es cierto. Hay asuntos que no pueden ser reducidos a una explicación humana, como es el caso de la virginidad perpetua de María, la transustanciación del pan y del vino, la resurrección de Jesús y muchos más. San Anselmo decía: “Creo para entender, y entiendo en la medida en que creo”. La Santísima Trinidad se conforma por tres personas distintas que, a su vez, integran una sola: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Un solo ser, un solo amor, una única esencia, pero en comunión perfecta y eterna. El Padre es el principio sin principio, fuente de todo lo que existe. El Hijo ha sido enviado al mundo para redimirnos. El Espíritu Santo procede del amor entre ambos y está siempre a nuestro alcance para fortalecernos, iluminarnos y guiarnos. La presencia de las tres divinas Personas se vislumbra desde el principio de la Escritura: donde Dios crea, el Espíritu se mueve sobre las aguas y todo acontece por la Palabra, o sea el Verbo, que será después Jesucristo. También, entre otras ocasiones se reveló en el bautismo de Jesús, cuando el Padre habla, el Hijo está en el agua y el Espíritu Santo desciende en forma de paloma. El Padre crea, el Hijo redime, el Espíritu santifica, y al ser bautizados, entramos en esa comunión divina y trinitaria llamada “Gracia Santificante” que debemos conservar a toda costa. Esta inexplicable realidad, que solo se puede entender desde la fe, no requiere ser comprendida sino respetada, aceptada y acogida. La manera más sencilla de hacerlo es invocando a las Tres Divinas Personas, poniéndonos bajo su protección y amparo, lo que es motivo suficiente para que diariamente, con devoción y confianza, nos persignemos varias veces en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.