
Santiguarse o Persignarse.

Desde el siglo II, la señal de la cruz ha sido un gesto cristiano clave. Originalmente en la frente, evolucionó a persignarse y santiguarse, un símbolo de fe y protección.
Por Selma Samur de Heenan En el Siglo II, Tertuliano recomendó que siempre dibujemos la cruz en la frente: “En todos nuestros viajes y movimientos, en todas nuestras salidas y llegadas, al ponernos nuestros zapatos, al tomar un baño, en la mesa, al prender nuestras velas, al acostarnos, al sentarnos, en cualquiera de las tareas en que nos ocupemos, marcamos nuestras frentes con el signo de la cruz.” Los sucesores de los apóstoles apreciaban con fervor la señal de la cruz, porque los identificaba como seguidores de Cristo. Recién iniciada la práctica, sólo se hacía la cruz sobre la frente, luego con el tiempo se extendió a las dos formas que conocemos hoy: La primera es persignarse, cuando hacemos la triple cruz pequeña en la frente, en la boca y a la altura del corazón, mientras decimos "Por la señal de la Santa cruz, de nuestros enemigos líbranos Señor Dios Nuestro”. Y la segunda es santiguarse, al hacer la gran cruz desde la frente hasta debajo del pecho y desde el hombro izquierdo al derecho, diciendo solamente: "En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén". El apóstol Pablo dejó claro que la cruz es poder de Dios, y hacerla sobre nosotros tiene un profundo sentido de unión con la santísima trinidad por medio de Jesucristo. También debe constituirse en una señal de nuestra intención de obrar, no para la tierra, sino para el Cielo. Podemos vivir este significado, acompañándola con una oración personal que dependerá de las circunstancias que se estén viviendo en el momento. Podría ser un clamor a Dios pidiendo su auxilio y protección ante cualquier tipo de peligro que se esté enfrentando. O una plegaria en acción de gracias al verse favorecido con ayudas celestiales, las que, a propósito, son más frecuentes de lo que reconocemos. La señal de la Cruz sobre nosotros, también puede alejarnos de muchas tentaciones y malos pensamientos porque, de esa manera, traemos la presencia de Jesús crucificado al campo de batalla espiritual, que es donde se vencen esas sutiles asechanzas del demonio. Pidamos al Señor que nos conceda la gracia de reconocer la importancia que tiene santiguarnos o persignarnos muchas veces y en forma correcta. No como algunas personas lo hacen, más como una maraña sin sentido que como la verdadera cruz de Cristo.