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Opinión

Respetar opiniones

Ángel Andrés Torres Hernández
Ángel Andrés Torres Hernández
Columnista
8 de octubre de 2024

La libertad de expresión ampara la opinión, pero esta debe basarse en argumentos sólidos. Opiniones sin fundamento son vulnerables y no merecen respeto, especialmente si promueven ideas dañinas.

Por Ángel Andrés Torres Hernández Todos tenemos la facultad de opinar, es parte integral del derecho natural de la libertad, específicamente la libertad de expresión, esta atribución debe tener un mínimo rigor argumentativo como base para soportar los juicios mencionados, con el propósito de permitir su controversia. Los criterios que carecen de cimientos conceptuales o deductivos serán sentires débiles sujetos de ser devorados por las reglas de la evidencia o la realidad observable. Con mucha regularidad notamos que personas partícipes de conversaciones casuales, de exposiciones académicas e inclusive de debates específicos, exigen obediencia por sus dictámenes como si se tratara de verdades absolutas o veredictos irreprochables; para nada. Siempre se debe tener presente que todo lo expresado es censurable, luego al escribir o hablar sin rigor científico, se corre el riesgo que trapeen el piso con dicha postura, en honor a la verdad. Más aún si el emisor pretende que sus ideas se constituyan en reglas obligatorias. Todos tenemos derecho a exponer nuestra manera de pensar, ni más faltaba, no estamos en la inquisición y gracias al liberalismo hoy gozamos de ese derecho, no obstante, su respetabilidad dependerá del contenido de las mismas y por supuesto del nivel argumentativo en que se fundan. Es decir, si quieres que tomen en serio tus valoraciones, deberás acompañarlas de una construcción lógica con basamento en la evidencia empírica o realidad observable, mal haríamos en admitir una opinión cargada de falsedades, de racismo, clasismo o insultos unilaterales sobre personas que no están para defenderse. Algunos manifiestan que las opiniones deben ser objeto del mayor reproche posible, empero, establecen el respeto irrestricto sobre la persona que pronuncia su juicio indistintamente de lo que manifieste en él. No es así, nadie nos puede obligar a tolerar las ideas del nazismo que proponían condiciones legales para extinguir a los judíos asesinándolos en la cámara de gas, es obvio que no nos asiste el deber de honrar a las personas que las promuevan. Igual acontece con las ideas progresistas que promueven la sexualidad infantil como un derecho, queriendo justificar que el pedófilo no padece un trastorno mental si no que su conducta obedece a una orientación sexual. Faltaba más. Los discernimientos se asumen de acuerdo al grado de soporte que tengan, si no cuentan con un mínimo de sustento pueden ser objeto de reproche, no se tributan las manifestaciones viscerales, mucho menos debemos respetar a las personas que lanzan juicios sin raciocinio, sobre todo cuando estos van encaminados a promover ideas ausentes de toda lógica o desarrolladas con un sentido común contraído. Las opiniones que promueven implementar la sexualidad infantil en el orden jurídico como derecho, hacen deleznable tanto a la doctrina como a quienes las promueven y no ameritan ser respetadas.