Cargando indicadores...
Sucre Logo
Imagen del artículo
Opinión

Respecto de la voluntad y el deber

Jaime De La Ossa Velásquez
Jaime De La Ossa Velásquez
Columnista
11 de enero de 2026

La voluntad puede describirse como la parte racional que orienta los deseos. Para Schopenhauer, la voluntad es la esencia misma del mundo: querer, desear, esforzarse; mientras que, para Nietzsche, la voluntad no es deseo ciego ni racionalidad moral, sino voluntad de poder, fuerza creadora, impulso vital expansivo.

La voluntad puede describirse como la parte racional que orienta los deseos. Para Schopenhauer, la voluntad es la esencia misma del mundo: querer, desear, esforzarse; mientras que, para Nietzsche, la voluntad no es deseo ciego ni racionalidad moral, sino voluntad de poder, fuerza creadora, impulso vital expansivo. Contemporáneamente, la voluntad puede ser vista como un conjunto de procesos mentales que aglutinan intencionalidad, responsabilidad y motivación moral. Entre tanto, para las neurociencias, se trataría de procesos motivacionales y afectivos que condicionan la toma de decisiones que hacen posible la acción, el juicio y la convivencia. Ahora, desde el punto de vista político, habría que diferenciar entre voluntad y deber, son dos conceptos que como pilares permiten la evaluación del comportamiento de gobernantes, instituciones y actores públicos. La voluntad política, es la disposición subjetiva a actuar. El deber político, se ubica en el plano normativo y ético que obliga a dar respuesta a las necesidades comunes. Entender las diferencias y las intimas relaciones que allí se dan, es lo que permite analizar el funcionamiento del Estado y la calidad de la democracia. Por eso, cuando existe deber político sin voluntad política, los problemas públicos no se solucionan, porque los intereses personales, las empresas políticas cerradas, la falta de oportunidad participativa, las direcciones autócratas, las presiones grupistas o el cálculo electoral se tornan prioritarios. Cuando es lo contrario, hay voluntad política sin deber político, surgiría la improvisación, el populismo y la carencia institucional. Cuando se trata del diseño y la implementación de políticas públicas, ambas dimensiones: la voluntad y el deber deben estar alineados. La voluntad, determina el impulso, la decisión, el querer bajo lógicas reales. El deber, asegura la realización en concordancia con la institucionalidad y la rendición de cuentas. En resumen: la voluntad, es orientación subjetiva y estratégica; el deber, es el marco de responsabilidad y obligación. Una democracia saludable necesita que ambas dimensiones estén en concordancia, para que se puedan impulsar los cambios requeridos y se pueda garantizar que las transformaciones obedecen a las necesidades reales. En toda sociedad democrática, la calidad del gobierno no depende únicamente de las instituciones o de los mecanismos de participación ciudadana, sino también del desempeño de quienes ejercen el poder. No se debe olvidar que, una buena gestión democrática depende en gran medida de la conducta y demostraciones de quienes fueron elegidos… La democracia no se transfiere, ni se obliga, ni es propiedad privada, se construye, se renueva, se dedica al bien común.