
Renuncias

¿Por qué es tan difícil renunciar a algo que nos gusta, aunque nos haga daño? Exploramos la complejidad de aferrarse a lo que atrae, incluso cuando perjudica.
Por Olga Leonor Hernández Bustamante “Yo sé que esto no va para ningún lado, que tenemos una relación que nos hace daño, pero es que aún la (lo) amo, aún me gusta”. Podría escribir acerca de los significados de esta afirmación que he escuchado muchas veces en terapia. Disertar acerca del tipo de apego y de la dependencia afectiva, de heridas de la infancia y un sinfín de cosas más, pero hoy quiero plantear otra cosa y es la dificultad que aparece cuando necesitamos renunciar a algo o alguien que aún nos gusta, pero que sabemos o intuimos que no nos hace bien. De alguna manera es un contrasentido ¿Si me gusta, por qué debería dejarlo? La lógica indicaría que, si me gusta, si me atrae, si lo deseo, es porque de algún modo incomprensible es bueno para mí, aunque las situaciones diarias me estén indicando que es de otra manera. Así las cosas, se va dejando llevar las cosas a un punto de desgaste donde se renuncia solamente después de terminar odiándose; con convivencias en las que ya no soportan verse, les enoja hasta la manera en que el otro mastica la comida. Y solo en ese nivel de desgaste y malestar se considera que renunciar es necesario. Se prefiere pagar el costo emocional de una mala convivencia que asumir el malestar de cerrar y dejar de lado algo que me atrae pero que, al mismo tiempo, me hace daño. Una persona diabética, desea poder comer helados, dulces o tortas, de ninguna manera las detesta mágicamente después de su diagnóstico; le siguen gustando, pero renuncia a esto en función de un deseo superior: mantener su cuerpo sano. Esperar el desgaste, es estirar sobre manera el sufrimiento muchas veces de forma innecesaria, es formar heridas profundas que luego cuesta mucho trabajo sanar. Y claro, quien se decide por el aguante y la permanencia en el malestar, tiene la enorme tarea de comprender lo que gana o espera ganar sosteniéndose allí. A qué le huye, a qué le teme, a qué le apunta cuando se sostiene en un lugar que está destinado a dañar a quien allí permanece. Renunciar a algo que aún me gusta implica claridad, demanda consciencia y coherencia. En muchos casos es más fácil pagar el precio de esperar la hecatombe que, decidir conscientemente un lugar distinto. Sin embargo, no hay que esperar destruirnos del todo para poder empezar a recomponernos.