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Opinión

Redes (a)sociales

Bibiana María Guerra de los Ríos
Bibiana María Guerra de los Ríos
Columnista
26 de julio de 2026

Sin duda, la tecnología es una herramienta fundamental e indispensable en la sociedad moderna, con la que hemos logrado avances extraordinarios, como llegar a la Luna. Sin embargo, en un mundo cada vez más digital, donde las fronteras entre lo real y lo virtual se diluyen, las redes sociales y los dispositivos móviles representan tanto oportunidades como riesgos desde múltiples perspectivas.

Sin duda, la tecnología es una herramienta fundamental e indispensable en la sociedad moderna, con la que hemos logrado avances extraordinarios, como llegar a la Luna. Sin embargo, en un mundo cada vez más digital, donde las fronteras entre lo real y lo virtual se diluyen, las redes sociales y los dispositivos móviles representan tanto oportunidades como riesgos desde múltiples perspectivas. Durante la pandemia de Covid-19, la tecnología fue clave para mantenernos conectados cuando el contacto físico era limitado. No obstante, esta misma digitalización ha reducido nuestras interacciones cara a cara, esenciales para una buena salud emocional y calidad de vida. El equilibrio entre lo virtual y lo presencial es vital para mantener una vida plena y con esperanza, para la muestra un botón: el trabajo híbrido. Como suele suceder, las herramientas no son buenas ni malas en sí mismas, sino que su impacto depende del uso que les demos. La Inteligencia Artificial por ejemplo, es una innovación espectacular que abre nuevas posibilidades, pero también plantea riesgos inéditos como la manipulación informativa, la pérdida de privacidad y la automatización laboral. Estos desafíos han impulsado debates y legislaciones internacionales restrictivas. En Nueva York por ejemplo, se aprobó una ley que obliga a las plataformas digitales a advertir sobre los riesgos para la salud mental de los menores. En Reino Unido, y otros países, se prohibió el uso de dispositivos móviles a menores de 15 años para proteger su desarrollo cognitivo y social. En Colombia el panorama no es ajeno a estos fenómenos. Las redes sociales se han convertido en un escenario político clave, usado por activistas para amplificar mensajes y movilizar ciudadanos. Igualmente son terreno fértil para la desinformación y el anonimato, que afectan la calidad de nuestra democracia. Un ejemplo reciente que ilustra el poder y los riesgos de la comunicación digital es el gobierno de Abelardo de la Espriella. Su administración ha apostado por una comunicación directa con los ciudadanos a través de redes sociales, sin intermediarios, utilizando intensivamente herramientas digitales, incluyendo inteligencia artificial y WhatsApp para conectar con el electorado. Además, su control férreo sobre las comunicaciones oficiales busca garantizar coherencia y eficacia en los mensajes. Este enfoque muestra cómo la tecnología puede potenciar la gestión política, pero también plantea preguntas sobre la concentración del mensaje y el manejo de la información. No se trata de demonizar las redes sociales o los dispositivos móviles, más bien entender que requieren un enfoque responsable y educativo. En Colombia, donde se ha legislado bastante, es momento de avanzar en educación digital para formar personas conscientes, críticas y responsables que usen la tecnología para crecer como ciudadanos globales. La gran pregunta es si como sociedad estamos dispuestos a asumir la corresponsabilidad que este momento exige. La legislación suele llegar tarde, cuando el daño ya está hecho; la educación, en cambio, es un proceso cotidiano que se construye en el hogar y en la escuela, antes de que el algoritmo decida por nosotros. Solo así podremos aprovechar los beneficios de la tecnología sin sucumbir a sus riesgos más profundos.