
Recuerdos no gratos de Cartagena

Hay poblaciones- pueblos o ciudades- que uno ama u odia, según las vivencias buenas o malas que haya tenido en ellas. Cartagena de Indias, Patrimonio Histórico y Cultural de la Humanidad...
Por Raymond E. Gomes-Cásseres Hay poblaciones- pueblos o ciudades- que uno ama u odia, según las vivencias buenas o malas que haya tenido en ellas. Cartagena de Indias, Patrimonio Histórico y Cultural de la Humanidad, catalogada como una de las ciudades más bellas de América, despierta en mí sentimientos ambiguosque impiden que yo- como la mayoría de las personas-ame a esa ciudad. El primer intento para que yo amara a esa ciudad, lo hizo mi padre Eduardo Gomes-Cásseres Patrón, escritor y gran amante de la Historia y de las epopeyas de Cartagena, al llevarme en 1968 a conocerla con el objetivo de visitar los lugares y monumentos de interés histórico. Durante dos días mi padre me fue mostrando y enseñando con su sabia palabra la historia de las murallas, del Castillo de San Fernando de Bocachica, del Fuerte San Felipe de Barajas, el Convento de la Popa, la Iglesia y Convento de San Pedro Claver, la Iglesia Catedral, Iglesia y Convento de Santo Domingo, la Casa de Rafael Núñez, la Plaza de los Coches, la Plaza de la Aduana, el Cuartel de las Bóvedas, el Palacio de la Inquisición, la Ermita del Cabrero, etc. En 1975 volví a la ciudad de Cartagena a adelantar estudios de Derecho en la Universidad de Cartagena. Nunca en mi vida he vuelto a vivir días tan dolorosos. Residía con otros estudiantes en uno de los apartamentos del cuarto piso de un destartalado edificio de seis pisos, situado al lado de esta universidad. El único mobiliario que teníamos en ese apartamento eran unas camas famélicas en el fondo de las habitaciones y que a diferencia de las de nuestros hogares, no invitaban a acostarse en ellas. Me producía una enorme tristeza permanecer en ese sitio huérfano de calor de hogar y por eso salía a deambular por las calles. No importaba si era de tarde o de noche (en las mañanas asistía a la U.). Lo que contaba era aturdirme entre la gente. Eran tan dramáticas mis nostalgias y añoranzas de mi hogar y de mi tierra que todos mis recorridos en las tardes por las calles coloniales desembocaban siempre en la terminal de transporte de los buses de Unitransco de la ruta Cartagena – Sincelejo, en donde yo veía a los pasajeros que se embarcaban para Sincelejo como los seres más felices de la tierra. Y me invadía la disyuntiva de seguir con los estudios o embarcarme para mi tierra, aunque fuera de polizón. En horas de la noche esas añoranzas se hacían más intensas cuando veía a través de los balcones coloniales a las familias reunidas frente al televisor. Cuanto deseo de volver a mi hogar a reunirme con mi familia y disfrutar de una compañía que nunca, hasta entonces, había apreciado. Seis meses, que me parecieron un siglo, de añoranzas, de morriña, que me hicieron abandonar los estudios de Derecho y no querer volver a pisar más una ciudad que muchos aman.