
Recordando la masacre de Chengue

En 2001, el Bloque Montes de María masacró a 27 personas en Chengue. Anaïs López relata el horror en un libro, recordando la noche de la tragedia y la brutalidad paramilitar.
Por Raymond Gomes-Cásseres El 17 de enero de 2001, un número aproximado de 60 miembros del Bloque Montes de María, llevó a cabo una masacre en Chengue, corregimiento de Ovejas, con un saldo de 27 de sus habitantes asesinados, la mayoría campesinos. Ese episodio lo recreo en forma novelada en mi próximo libro titulado “¿AMOR O SEXO?” Esa noche de la masacre- le dijo con voz entrecortada Anaïs López a Ramón Brandao, cuando departían en un Estadero de Villa de la Sierra- una luna grande y redonda trataba de ocultarse detrás de los cerros tutelares de Ricaurte, como si presintiera lo que iba a suceder. Yo nunca imaginé que en una noche tan bella iba a presenciar actos que desdicen de nuestra condición de seres humanos. Esos actos que presencié todavía atormentan mis noches. Serían aproximadamente las 4 y 30 de la madrugada del 17 de enero de 2001, estando ya levantados porque los hombres tenían que irse a trabajar en los cultivos de aguacate y tabaco, cuando nos tocaron la puerta. Mi mamá salió a abrir con mucho cuidado, pues desde hacía algunos días se oían rumores de que algo malo iba a suceder. Apenas abrió la puerta, un hombre alto y fornido, de ojos saltones, vistiendo prendas militares, le dijo en tono perentorio: “Salgan todos, mujeres, niños, ancianos y adultos, y vayan al centro de la Plaza. Nuestra casa está situada en la parte occidental de la Plaza principal. Todos acataron la orden, menos yo que pude esconderme. A mí el corazón me decía que algo malo iba a suceder, y por eso, después de que ellos se fueron, salí sin que me vieran y me escondí detrás de una ceiba centenaria, que está cerca del centro de la Plaza mayor, desde donde observé con dificultad todo lo que sucedió, o casi todo, pues la energía eléctrica se había ido desde la una de la mañana y solo la luz de la luna llena me daba un poco de visibilidad. Había, cerca de la Iglesia, situada al sur de la Plaza, tres camiones de color verde, y un poco más hacia el norte, cerca al rudimentario puesto de salud, un campero de color gris. Alrededor de estos vehículos se encontraban unos 60 hombres con uniformes verde oliva, con ametralladoras, motosierras y “monas”. Al centro de la Plaza empezaron a llegar las personas reclutadas de sus casas. Identifiqué a la mayoría, igual que a mi padre, a mi madre y a mis hermanos, pues los pobladores de los pueblos pequeños nos conocemos muy bien y a pesar de nuestras peleas y diferencias somos como una sola familia. Una mujer, que parecía ser la Jefe del grupo, cubierta la cara con un pasamontaña, ordenó que varios de los hombres fueran trasladados a un callejón cercano. Entre esos vi a mi papá y a mi hermano mayor. 27 en total, lo supe después, fueron asesinados en ese callejón. Luego mandó al resto del personal que formaran una fila con la cara frente a ella. La mujer, de pequeña estatura y voz aguda, se presentó ante la fila formada como dirigente del Bloque Montes de María. “Nuestro grupo-dijo- tiene la misión de liberar a la patria de la amenaza guerrillera. Nacimos para combatir a la guerrilla y no descansaremos hasta exterminarla. Las AUC salvaremos a Colombia”. Seguidamente les dijo que esos hombres estaban en el callejón, por ser auxiliadores de la guerrilla. Ante el murmullo del grupo que negaba que sus seres queridos tuvieran vínculos con la guerrilla, la Jefe trató de calmarlos diciendo que a todos se les iba a hacer un juicio justo. “El que sea inocente, se le soltará, y el que sea culpable, se le matará”. Quienes sabían que era un error que los nombres de sus familiares aparecieran en la lista de los paramilitares se tranquilizaron un poco pero se preocuparon los que por sus actividades económicas habían tenido relaciones comerciales con el grupo subversivo.