
Quién

“No me puedo volver a permitir sentirme maltratada y humillada”, me dijo. Yo sabía a qué se refería. Me hablaba de una relación en la que los maltratos, ofensas y humillaciones estuvieron a la orden del día. Entendía lo que quería decir, pero había en esa afirmación un pequeño error: el sujeto de la oración.
“No me puedo volver a permitir sentirme maltratada y humillada”, me dijo. Yo sabía a qué se refería. Me hablaba de una relación en la que los maltratos, ofensas y humillaciones estuvieron a la orden del día. Entendía lo que quería decir, pero había en esa afirmación un pequeño error: el sujeto de la oración. Es que una cosa es decir que: no me puedo permitir sentirme maltratada y otra afirmar que no puedo permitir que me maltraten. La responsabilidad cambia completamente de lugar. Es muy diferente sentir que soy yo la que no me lo puedo permitir, es decir, asumir que de cierta manera todo depende de mi capacidad de afrontar las situaciones y no, por el contrario, que existe otro que me maltrata y ofende. ¿Quién me bloqueaba en el teléfono todo el fin de semana para que yo no “estuviera molestando, intensa como siempre”? ¿Quién me buscaba para tener intimidad y luego me decía que cuando me conoció creía que tenia un cuerpo más bonito, que lo había “engañado”? ¿Quién me llevaba a las fiestas con sus amigos y me dejaba sentada sola mientras él se reía y tomaba con los demás? ¿Quién me bajó del carro a medianoche regresando de una cena porque yo estaba “insoportable” y necesitaba “respirar”? El maltrato es maltrato y duele por mucha madurez emocional y herramientas de afrontamiento que se tengan. No todo depende de mi capacidad de gestionar las emociones. Para poder poner limites y proteger mi integridad, el foco debe ponerse en el lugar que corresponde: en un otro que maltrata y frente al cual me debo defender. Es que parece que a veces creemos que defendernos es opcional. Cada vez que me encuentro a una mujer que está, por una u otra razón, convencida de que por debilidad propia sufre ante el maltrato, me topo también con la persistencia en sostener vínculos enfermos y desgastados, todo porque se asume que con la espera suficiente se va a aprender a no sufrir porque “hay que entender Olga, los hombres son así”. Y no, los hombres no son así. Existen hombres y mujeres que lo son, pero eso no lo vuelve la regla sino más bien la excepción. Conozco muchos hombres, dentro y fuera del consultorio, que son amorosos, compasivos, comprensivos, dispuestos al dialogo y al compromiso, protectores y honestos, que buscan sanar sus heridas para no contaminar con ellas los espacios en los que están. Nada más peligroso que quien justifica en sus heridas el maltrato que otorga a los demás y nada más degradante que quien justifica en las heridas del pasado del otro, su propia tragedia.