
Punto, y coma…

Las normas, incluso las ortográficas, son esenciales. Sin embargo, el abuso de comas y puntos seguidos refleja una incapacidad para cerrar ciclos, un "punto y coma psicoemocional" que impide avanzar.
Por Susana Viera Las reglas desde cualquier óptica tienen su lógica, e inevitablemente sus excepciones. Así como la verdad, no son absolutas, pero existen y deben ser usadas. Algunas que de manera frecuente se descuidan, son las ortográficas, eso de saber usar las tildes, las comas, los signos de exclamación y hasta corregir la gramática, a muchos les parece escolaridades, y prefieren dejárselo a los correctores incorporados a hardware o a la fantástica IA. Conozco personas que les es indiferente escribir, o sea que ósea. Incorrecto. El uso del punto y coma (me inquieta), es el signo de puntuación que más complicaciones presenta, quizás porque en gran medida, su principal razón de uso depende de la subjetividad del autor, y es él quien decide, si reemplazarlo por la coma, el punto o los dos puntos. Mi verdadera inquietud, es el punto y coma psicoemocional, y me refiero a ese tipo de personas con excesos de comas y puntos seguidos, aquellas que son como un conteo interminable, un libro sin el capítulo final, la palabra indecible que se queda en la punta de la lengua, y hasta la narración que describe la historia de “Las mil y una noches” tiene fin. Si comparamos nuestras vidas con un libro sagrado, lleno de capítulos, ¿cuántos apóstoles escribirían sus versículos? Así parece la vida de muchos. Otros y no nosotros, escribiendo sobre las páginas en blanco por la incapacidad de usar puntos finales, conocer otras personas, otros lugares, y no todos somos peregrinos en el camino de Compostela. Punto. A esa amiga que va y viene, al compás de sus estados de ánimo, y sólo te busca cuando es ella quien necesita; a ese compañero de trabajo que te indispone con tu jefe, y al siguiente día te endulza; a ese adulador que te invita cada vez, y nunca pone fecha; a ese hombre que no sale de tu vida, a quien te atas con un contrato emocional indefinido, nunca se va, pero tampoco se queda; a ese familiar que te abraza con amor en ambientes sociales, pero desaparece en los momentos difíciles; a ese amigo que te visita solo cuando no tiene a donde ir, pero que no te invita a sus fiestas; a esa que vive en tu edificio, no te da el paso ni los buenos días, pero te saluda amigablemente frente a los ojos sociales ; a esa persona que habla maravillas de ti, de la amistad de infancia que los une, pero habla mal de tu hijo gay. Con todos ellos, usemos punto final, y que coman lo que sabemos.