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Opinión

Prodigios Divinos II

Selma Samur de Heenan
Selma Samur de Heenan
Columnista
30 de julio de 2023

El libre albedrío define nuestro camino: bien o pecado. La santidad, meta final, se forja con virtudes y sufrimiento. Cuerpos incorruptos y milagros confirman la gracia divina.

Por: Selma Samur de Heenan Nuestro libre albedrío nos da la opción de elegir hacia qué lado nos inclinamos. Al del bien, de lo puro, bueno y perfecto o para el opuesto, que se caracteriza por ser pecaminoso con todas sus implicaciones. Quienes asumen la primera alternativa, se encuentran en un permanente avance por el camino a la santidad que los conduce, en medio de batallas, pruebas, cruces y fatigas, a la meta final que es el Cielo. Las virtudes que practican, sumadas a todos los sufrimientos que se van soportando por amor a Dios y en unión a los padecimientos de Jesús, van forjando el carácter de la persona decidida a imitar a Cristo, por lo que, además, logra participar de aquellos prodigios inherentes a la divinidad. Es posible escuchar que alguien ha muerto en olor de santidad, y con esta frase se resume una vida meritoria en grado heroico que ha dado frutos abundantes en la tierra, y que después de haber fallecido puede seguir produciéndolos, tal y como lo advirtió Padre Pio cuando dijo que haría más bulla a continuación de su muerte. Son innumerables los casos de quienes, por su impecable testimonio de obediencia a la voluntad divina, una vez son llamados a la eternidad, nos ayudan con infinidad de milagros o protagonizan sucesos inexplicables para la ciencia, que suelen ser de gran beneficio para la conversión a la vida de gracia de los pecadores. Ejemplos de esto, son: En la historia de la Iglesia encontramos ejemplos de cientos de cuerpos que se mantienen incorruptos, es decir, sin descomponerse a pesar de haber estado enterrados por tiempos prolongados, pero, además, es usual que mantengan la flexibilidad muscular, como sucedió con Santa Catalina de Bolonia, que pudo ser sentada 12 años después de ser enterrada. En muchos santos, se verifica la osmogenesia o emisión de aromas agradables parecidos a un suave olor floral, a manera de Santa Rita de Casia o San Alberto Magno, y en otros brota sangre fresca, así como lo hizo el cadáver de San Hugo Lincoln 80 años después de muerto, cuando al desenterrarlo se le desprendió la cabeza y le brotó sangre, al igual que manó de un dedo amputado a San Juan de la Cruz. El fenómeno de las luces más famoso es el del sepulcro del santo del Líbano, San Charbel, porque recibió el brillo de una luz inexplicable durante 45 días, lo que hizo que exhumaran el cadáver todavía intacto, del que manaba un aceite perfumado con el cual se curan muchas enfermedades.