Cargando indicadores...
Sucre Logo
Imagen del artículo
Opinión

Procesos naturales

Olga Lucía Bustamante Madrid
Olga Lucía Bustamante Madrid
Columnista
18 de octubre de 2025

Qué bonita manera tienen los niños al nacer, para comunicar sus necesidades en forma común y universal, innata e intrínseca, con expresiones naturales que manifiestan sentimientos intactos y limpios.

Por Olga Lucia Bustamante Madrid Qué bonita manera tienen los niños al nacer, para comunicar sus necesidades en forma común y universal, innata e intrínseca, con expresiones naturales que manifiestan sentimientos intactos y limpios. Todos sin distingos, provenientes de cualquier latitud de la tierra, ajenos a razas, credos, clases sociales, horarios, gustos y economías. Si pudiéramos juntar absolutamente a todos los niños recién nacidos del mundo, cuando todavía están viviendo una etapa espiritual universal o edén, -sin contaminación-, antes de que comience su domesticación, nos daríamos cuenta de que exteriorizan su inconformismo o molestias con el mismo sonido o llanto. Sonríen ante el bienestar y el calor humano. Responden igual al frío o al calor, ante el hambre y la sed. Gorjean con los mismos sonidos. Respiran sin darse cuenta. Los tranquiliza un abrazo y una dulce palabra. Los asustan los gritos y ruidos fuertes. Igualmente podemos observar en la naturaleza que la especie animal, tiene un mismo idioma entre los de su clase, se aman, protegen y entienden. Expresan emociones que los acercan o alejan. Conformando manadas para conseguir alimentos, defendiéndose de lo que amenace con dañarlos. Quiere decir que cualquier criatura en un ambiente óptimo donde reine el equilibrio y exista la armonía, el afecto explicito, el estímulo y la protección, puede crecer sano. ¿Por qué la tergiversación? Las influencias externas, inician la grabación de aprendizajes, unos gratos otros desafortunados, amorosos o vacíos en sentimientos. El equilibrio se altera. Sumando a eso, el aprendizaje de normas mal elaboradas, que preestablecen diferencias y jerarquías, algunas innecesarias. Comienza el desorden y la práctica de malicia, competición y abuso. Podemos asumir, que el bebé sigue experimentando al nacer, por un , la etapa espiritual que tenía antes, preparándose para los cambios de la vida física. Lo mismo ocurre en la adultez del hombre, en la última etapa de la vida, antes de la muerte natural, -no por accidente o violencia-. Este empieza a vivir nuevamente un ciclo espiritual de largos silencios e introspecciones, se predispone al abandono del cuerpo para retornar a su esencia primera. Pareciera que se repite la vivencia, pero en sentido contrario, en el nacer y el morir. Son procesos normales regulados desde el Ser Interior. Como una semilla que germina de la tierra, crece, y al final, su fruto de nuevo regresa a la tierra para continuar su eterno ciclo.