
Problemas que no son problemas

La solución de un problema ya conocido no es un problema. El artículo explora la dificultad de actuar, priorizando las excusas al cambio y evitando la responsabilidad de la decisión.
Por Olga Leonor Hernández Bustamante Voy a empezar por el final. Un problema al que se le conoce la solución no es un problema. Pareciera una obviedad, pero no lo es. En consulta he acompañado muchas veces personas que, al sentarse por primera vez frente a mí, me dicen con seguridad “No tengo idea qué debo hacer”, sin embargo, basta con rasguñar un poco en la historia para dejarnos claro a ambos que si tienen idea de qué deben y quieren hacer, solo que no están dispuestos a asumir lo que significa esto. - … Y entonces es eso. Después de tanto tiempo, de haber vivido tantos desplantes, maltratos e insultos, ya no lo amo, no quiero seguir sufriendo de esta manera, llorando todas las noches, respirando pasito porque a veces siento que hasta mi respiración le molesta… en fin, no sé qué hacer. Estoy muy confundida. - Con todo respeto, pero todo lo que me has dicho me indica todo lo contrario. Si sabes qué hacer… - Es decir, sí. Pero no sé cómo hacerlo. - Eso es distinto. Si ya sabes qué deseas ¿Cómo vas a moverte en esa dirección? ¿Estas dispuesta a transitar el malestar y el duelo? ¿Estas dispuesta a asumir lo que significa ese movimiento? - Ahogamos las decisiones en el ego al no querer ser visto como una mala persona o en el miedo de ser valorados negativamente por los demás, condenando nuestras decisiones al trastero, condenándonos muchas veces a vivir una vida que no queremos. A riesgo de sonar como Arjona (El problema, no es problema…), lo que necesitamos resolver no es la situación como tal, sino comprender y reconocer frente a nuestros propios ojos lo que somos y sentimos ante eso en particular y asumir, cosa que no nos gusta, la responsabilidad de tomar una decisión. El verdadero problema está darnos cuenta de qué es aquello que me mantiene en un lugar donde ya no quiero estar, en poder observarnos y reconocer las excusas que usamos para asfixiar el malestar y justificar mantenernos donde ya no estamos bien. El problema no es saber qué quiero, eso ya lo tenemos claro. El problema es pasar a la acción, dejando de buscar soluciones mágicas y poniendo de nuestra parte para poder alcanzarlo. Un problema al que se le conoce la solución no es un problema. Es necesario dejar de quejarse y de asumirnos confundidos cuando realmente no lo estamos. Es preferible decir que no sabemos algo a aceptar que si sabemos, pero que igual no hacemos nada.