
Prevenir la violencia desde el colegio

La violencia no aparece de forma súbita en la adolescencia ni se limita al entorno familiar. Se gesta, muchas veces, en los silencios del aula, en los recreos sin supervisión, en los gestos normalizados de exclusión o burla.
Por Manuel Cadrazco Martelo La violencia no aparece de forma súbita en la adolescencia ni se limita al entorno familiar. Se gesta, muchas veces, en los silencios del aula, en los recreos sin supervisión, en los gestos normalizados de exclusión o burla. Por eso, prevenirla desde las etapas escolares no es solo deseable: es urgente. Un estudio reciente del Banco Interamericano de Desarrollo propone cinco estrategias basadas en evidencia que deberían ser parte de toda política educativa seria y sostenible. La primera es crear entornos seguros y positivos. Esto implica mucho más que infraestructura: se trata de cultivar relaciones de respeto, confianza y cuidado entre docentes, estudiantes y familias. Las escuelas que promueven la participación, la escucha activa y el sentido de pertenencia reducen significativamente los comportamientos agresivos y fortalecen el vínculo con el aprendizaje. La segunda estrategia es desarrollar habilidades socioemocionales. Enseñar a reconocer emociones, resolver conflictos y tomar decisiones éticas no es un lujo pedagógico, sino una herramienta de prevención. Programas como Second Step o Aprendizaje Socioemocional Integrado han demostrado impactos positivos en la reducción de la violencia escolar y en el fortalecimiento de la convivencia. Estas habilidades también potencian la autonomía, la empatía y la capacidad de agencia de los estudiantes. En tercer lugar, el BID recomienda capacitar a los docentes en prevención y manejo de conflictos. No basta con exigirles que intervengan: hay que brindarles formación continua, protocolos claros y acompañamiento institucional. Un docente que sabe cómo actuar ante el bullying, la violencia de género o la discriminación puede marcar la diferencia entre la repetición del daño y su interrupción. La cuarta estrategia es involucrar a las familias y comunidades. Los colegios tienes que ser cercanos a las familias; cuando los padres participan activamente, cuando se articulan redes comunitarias y se reconocen saberes territoriales, se fortalece el tejido protector alrededor de los niños y adolescentes. La corresponsabilidad es clave. Finalmente, el estudio destaca la importancia de monitorear y evaluar las intervenciones. No se trata de aplicar modas educativas, sino de medir resultados, ajustar estrategias y garantizar que las acciones tengan impacto real y sostenido. Prevenir la violencia desde los salones de clase es una tarea institucional, política y social. Si queremos sociedades más justas y seguras, debemos empezar por transformar los espacios donde se forman nuestras infancias. No hay mejor inversión pública que aquella que evita el daño antes de que ocurra.