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Opinión

Por que salen los ex militares y policias colombianos a luchar guerras ajenas ?

Silverio José Herrera Caraballo.
Silverio José Herrera Caraballo.
Columnista
18 de noviembre de 2025

La columna publicada por Alexandra González Zapata el pasado viernes 14 plantea un debate muy necesario, pero incompleto, sobre la participación de colombianos en conflictos armados en el exterior.

Por Silverio José Herrera Caraballo. La columna publicada por Alexandra González Zapata el pasado viernes 14 plantea un debate muy necesario, pero incompleto, sobre la participación de colombianos en conflictos armados en el exterior. Su texto, aunque bien intencionado, parte de una premisa profundamente reduccionista: llamar “mercenarios” a soldados profesionales retirados que, tras décadas de servicio en las Fuerzas Militares, buscan en otros países aquello que su propio Estado jamás les garantizó. Es necesario hacer una riposta serena, respetuosa y documentada, pero firme, porque detrás de esos titulares alarmistas hay vidas, trayectorias de sacrificio y una realidad que en Colombia preferimos no mirar de frente. El punto de partida es este: el soldado colombiano no se forma como mercenario, ni en doctrina, ni en ética, ni en disciplina, ni en espíritu militar. Es, por el contrario, uno de los combatientes mejor entrenados del mundo, endurecido por un conflicto interno que por décadas lo obligó a enfrentar guerrillas, narcotraficantes, paramilitares y todo tipo de amenazas híbridas. Quien habla del soldado colombiano sin haber caminado un solo día en sus botas comete una grave injusticia. Como dicen los barranquilleros sobre su Carnaval: “Quien lo vive es quien lo siente”. Lo mismo ocurre con el servicio militar en Colombia: solo quien lo ha vivido sabe lo que duele, lo que exige y lo que marca. Muchos de quienes hoy viajan a escenarios de conflicto externo no lo hacen por avaricia ni por un supuesto "afán mercenario". Lo hacen porque, después de 20 años de servicio, el Estado les deja una asignación de retiro insuficiente para mantener dignamente a sus familias. ¿Acaso alguien podría condenarlos por buscar oportunidades económicas en un mundo que sí reconoce su experiencia militar, mientras que su propio país los invisibiliza? ¿No es acaso más coherente cuestionar las condiciones salariales y prestacionales del soldado colombiano que estigmatizarlo por intentar sobrevivir fuera del uniforme? La columna que criticamos construye un relato incompleto donde el protagonista es Andrés, un soldado retirado capturado en Ucrania, cuya familia desconoce su paradero. El caso es, sin duda, doloroso e inadmisible, y Colombia debe exigir con contundencia la protección de sus derechos. Pero usar historias trágicas para concluir que quienes combaten en otros países lo hacen únicamente “por una retribución personal y económica” es desconocer la complejidad social, económica y humana detrás de estas decisiones. En efecto, muchos de nuestros militares encuentran empleos en seguridad privada internacional, misiones contratadas, escoltas en ambientes hostiles o unidades especializadas de entrenamiento. Son oportunidades que existen porque el mundo reconoce algo que en Colombia hemos olvidado: la calidad profesional del soldado colombiano. Sin embargo, la narrativa que los tacha de “mercenarios” los reduce, los deshumaniza y, sobre todo, evade responsabilidades más profundas: las del Estado colombiano con quienes dieron la vida (o casi la perdieron) por su patria. La autora cita la Convención Internacional contra el Reclutamiento, la Utilización, la Financiación y el Entrenamiento de Mercenarios. Un tratado importante, sin duda. Pero antes de discutir cómo sancionar supuestas conductas mercenarias, el Congreso debería discutir urgentemente cómo garantizar un retiro digno, salarios competitivos y una verdadera política de bienestar para quienes arriesgan su vida durante décadas. Resulta paradójico que algunos legisladores se indignen por la presencia de colombianos en guerras extranjeras, pero callen ante las precarias condiciones en las que viven miles de militares retirados dentro del territorio nacional. No se trata de negar los riesgos. Por supuesto que existen redes criminales que aprovechan la experiencia militar para actividades ilícitas. Por supuesto que hay casos (como el asesinato del presidente de Haití) que enlodan la imagen del país y exigen una respuesta judicial seria. Pero generalizar estos episodios y convertirlos en el retrato del soldado colombiano es injusto, tergiversado y profundamente dañino para quienes sí actuaron con honor. Se argumenta también que ratificar la Convención permitirá mejorar nuestra imagen internacional y controlar la supuesta exportación de violencia colombiana. Valdría la pena entonces preguntarse qué mensaje envía Colombia al mundo cuando mantiene a sus soldados activos y retirados en condiciones indignas: ¿no es eso también un factor de riesgo para la seguridad global? ¿Cómo exigir compromiso internacional si en casa no hay compromiso con la dignidad del uniforme? La autora señala riesgos de seguridad interna: drones, entrenamiento criminal, importación de combatientes extranjeros. Riesgos reales, sí, pero que no provienen del soldado colombiano retirado que trabaja en seguridad internacional, sino de las organizaciones criminales internas, fortalecidas por la permisividad con la que algunos gobiernos han tratado el orden público. Señalar al soldado es fácil; enfrentar a las estructuras que sí generan violencia es políticamente más costoso. Más grave aún es que, en tiempos de guerra, el soldado es exaltado como héroe; en tiempos de paz, es juzgado, olvidado, silenciado. Como escribió alguien alguna vez: “En la guerra se al soldado se le llena el pecho de medallas; en la paz, se le condena y se le encierra en el olvido.” Hoy, cuando cientos de militares retirados buscan oportunidades afuera, Colombia debería preguntarse: ¿qué hemos hecho por ellos para que quieran quedarse? ¿Qué salarios les dimos? ¿Qué garantías de retiro? ¿Qué proyectos de vida? ¿Qué reconocimiento real, no simbólico? Antes de legislar para perseguirlos, deberíamos legislar para protegerlos. Antes de llamarlos “mercenarios”, deberíamos llamarlos por lo que son: hombres y mujeres que cargan en su cuerpo y su memoria las heridas de una guerra que no escogieron, pero que enfrentaron con disciplina, honor y sacrificio. El soldado colombiano reza por la paz porque conoce el infierno de la guerra. La ha vivido, la ha sufrido y la ha enterrado en su piel. Por eso, lejos de estigmatizarlos, es tiempo de defenderlos. De luchar por su bienestar, por su retiro digno y por su reconocimiento justo. Porque, en efecto, quien lo vive es quien lo siente, y pocos en Colombia han sentido tanto como el soldado. Hoy, más que nunca, es la hora de luchar por los derechos del soldado colombiano.