
¿Por qué importa la desigualdad en los jóvenes?

Colombia enfrenta una alarmante desigualdad: el 60% de la población es vulnerable a la pobreza. Jóvenes padecen barreras educativas y laborales, perpetuando el ciclo. Urgen soluciones.
Por Manuel Cadrazco Martelo Según el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), con corte a 2024, en Colombia, solo 40% de la población colombiana tiene ingresos altos y medios, mientras el 60% restante corresponde a personas vulnerables a caer en la pobreza, son pobres, o ya lo experimentan en situación extrema; lo anterior se traduce en que Colombia tiene una de las distribuciones de ingresos más desiguales en el mundo y la desigualdad ha sido persistente a lo largo de los años. La desigualdad como fenómeno social, termina afectando en mayor medida a los y las jóvenes de nuestro país, aquellas personas que depositan metas y aspiraciones en el sistema educativo, y que posteriormente ingresan al mercado laboral. Según estimaciones de la Universidad de los Andes, mientras que de cada 100 individuos que acceden a grado primero 78 alcanzan grado quinto, el número se reduce drásticamente a 49 para grado noveno, pasando luego a 39 para grado once y a solo 11 que logran acceder a educación superior; y aún en la educación superior, se encuentran con muchas barreras. Según un estudio reciente de la Universidad del Rosario, las tres preocupaciones más grandes que tienen los jóvenes al ingresar el sistema universitario son la cantidad limitada de becas y opciones de apoyo financiero, los costos en las matrículas y el mercado laboral. La educación sigue dependiendo del nivel socioeconómico: las universidades públicas tienen cupos limitados y las privadas son inaccesibles para muchos. Se necesitan más becas, financiamiento sin intereses y programas que reduzcan la deserción por razones económicas. Por otro lado, muchos jóvenes no encuentran empleo estable ni tienen herramientas para emprender, los trámites burocráticos, la falta de financiamiento y la ausencia de redes de apoyo hacen que crear un negocio sea un privilegio. Los gobiernos deben facilitar créditos accesibles, reducir trabas administrativas y ofrecer formación en gestión empresarial desde edades tempranas. De igual manera, el primer trabajo define oportunidades futuras, pero muchos jóvenes quedan atrapados en la informalidad o en pasantías sin sueldo. Se necesitan incentivos fiscales para empresas que contraten jóvenes con salarios dignos y regulaciones que eviten la explotación disfrazada de experiencia. Sin educación ni oportunidades para generar ingresos propios, la desigualdad se perpetúa. Invertir en estos dos frentes no es solo política social en su máxima expresión, sino una estrategia para el desarrollo económico para nuestro territorio y su capital humano.