
Ponerle pantalones a la democracia

Tener pantalones. Así se dice cuando alguien demuestra carácter, coraje o decisión. Es una expresión cotidiana, que usamos para hablar de firmeza o valentía.
Por Susana Viera Tener pantalones. Así se dice cuando alguien demuestra carácter, coraje o decisión. Es una expresión cotidiana, que usamos para hablar de firmeza o valentía. También es una metáfora llena de historia. Durante siglos, los pantalones fueron símbolo de poder masculino. Y cuando una mujer se los ponía, desafiaba las reglas. El problema es que el lenguaje no siempre evoluciona al ritmo del sentido común, y todavía se exige "tener pantalones" como una forma de validar la fuerza desde el molde masculino. Detrás de esa expresión, se esconde una idea profundamente jerárquica del poder. Como si solo desde la rigidez, la dureza y la confrontación pudiera nacer el valor. Como si enfrentar la realidad solo fuera posible con la voz alta, la mano empuñada y la posedura. En Colombia, se necesita tener pantalones para todo. Para salir a la calle sin miedo, subirse a un Transmilenio, vivir con un salario que no alcanza, mirar las noticias, liderar sin que te acosen, hablar sin que te silencien, criar hijos, sobrevivir al machismo, a la violencia y a la pobreza. Esta idea de valentía muchas veces está ligada a una masculinidad política que grita más de lo que escucha, que se impone más de lo que dialoga. Cuando un político grita, lo llaman fuerte. Cuando una mujer habla claro, la tildan de histérica. Pero el liderazgo no debería medirse por el volumen, sino por la capacidad de transformar vidas.Tener pantalones también implica saber cuándo bajarle el tono a esa testosterona política que nos está destruyendo.O siempre será necesario que una mujer monte a caballo y use sombrero llanero para demostrar su valía frente a las críticas de cualquier “Matador”. La política necesita una nueva narrativa. Porque mientras algunos se disfrazan de líderes con trajes de arrogancia, hay quienes sostienen el país con trabajo silencioso y decisiones valientes. En Colombia, hemos confundido la autoridad con la rudeza, la convicción con el espectáculo. Pero gobernar no es posar. Gobernar es sostener, es construir, es planear y ejecutar. Tal vez lo que necesitamos no es seguir vistiéndonos con trajes que no nos representan, sino cambiar de estilo político por completo. Los pantalones también deberían servir para moverse, para trabajar en medio del caos, no solo para aparentar fuerza. Las estadísticas nos dicen que todo está bien, pero en la calle la gente dice “no hay con qué”. Al final, los pantalones pueden desgastarse, mancharse, romperse. Pero la verdadera fuerza la tienen quienes, día a día, enfrentan este país con dignidad, con trabajo, con coherencia y con la convicción. Tal vez, la que de verdad necesita pantalones es la democracia.