
Política y políticos

La política, arte de gobernar según Aristóteles, impregna la historia humana. Desde imperios hasta guerras, su influencia es constante. Entenderla requiere análisis y evitar la pasión sectaria.
Por: Roberto Samur Esguerra La política es un concepto tan amplio que no resulta fácil definirla. Pero por algo hay que comenzar y entonces utilicemos la acepción más común, esa que dice que es el arte de gobernar, tomada tal vez de Aristóteles, con su idea de la polis o ciudad. O de otros autores que la señalan como una actividad orientada ideológicamente a la toma de decisiones de un grupo para alcanzar ciertos objetivos, como una manera de ejercer el poder con intención de resolver o minimizar el choque entre los intereses enfrentados que se producen dentro de una sociedad. No podríamos concebir la historia de la humanidad sin referirnos a la política. Desde la más remota hasta la contemporánea. Guerras, magnicidios, sistemas de Gobierno, concepción de Estado como idea o como praxis totalitaria o constitucional, y la actividad misma del ser, en su sentido individual o social, todo ello está impregnado de la política. El auge y decadencia de grandes imperios; el surgimiento de las religiones; las dos guerras mundiales fueron causa y efecto de la política. Los tratados de paz, los armisticios, la milicia aparte del éxito o fracaso propios de lo marcial, han tenido su origen en la política. La actividad legislativa y constitucional es política, como también lo son las conquistas sociales y las decisiones que los gobernantes toman en favor de la comunidad, así como las que esta asume en nombre propio y colectivo para elegir a los que gobiernan. No hay nada en la evolución de los pueblos que no esté referido a la política. Su contexto cultural es primordial para entenderla en sus usos y costumbres. La política ilustra, enaltece. Hablar sobre ella en las tertulias es un ejercicio de la inteligencia, cuando no de la memoria. Desmenuzarla o simplemente analizarla resulta reconfortante, cuando se hace con esa sola intención, sin la pasión sectaria o la inútil y perturbadora intransigencia. Y tiene la virtud de existir por sí misma, es decir, sin necesidad de alguien que la ejerza, pues es un don que nos pertenece a todos. La sola enunciación de algunos de los más grandes políticos de nuestra era nos evitaría dar más explicaciones: Jesucristo, Mahoma, Maquiavelo, Cromwell, Lincoln, Bolívar, Gandhi, Churchill, De Gaulle y Mandela entre muchos. Y aquí, en lo reciente: Núñez, Caro, López Pumarejo, los dos Lleras, Gómez Hurtado y Galán, entre pocos. La omisión de nombres, no tan célebres, especialmente de nuestro entorno, tendría el mismo efecto ilustrativo, pero al contrario. Y demostraría que las reglas tienen excepción, para volver a comprobar que no es la denostada política, sino quienes usurpan y desfiguran su ejercicio, los culpables de la decadencia que padece e inquieta a la Nación.