
Pandillas criminales

Las pandillas juveniles en las periferias colombianas, caldo de cultivo de la delincuencia, exigen un estudio a fondo. El aumento de la violencia juvenil alarma al país.
Por Samuel Morales Turizo Las periferias de las principales ciudades colombianas se han convertido en aglomeraciones urbanísticas de nuevas construcciones, abarrotadas de reducidas viviendas, con nulos espacios libres, con presencia de barrancos, colmados de casas láminas e insuficientes servicios básicos. La comunidad urbanística ha quedado sobrepasada por el nuevo hacinamiento. En estos sitios llenos de pobreza, es donde se origina la delincuencia juvenil. Estas pandillas juveniles es una expresión de ruptura del tejido social y la vida de los individuos en sociedad. El país está alarmado por el aumento progresivo de estas bandas delictuosas. Por su andar lleno de culturas peligrosas. He oído hablar en las universidades, en las esquinas, en las plazas de mercados, en los centros comerciales y he observado en los medios de comunicación, sobre los delitos que a diario se cometen, matando a personas inocentes en los enfrentamientos entre pandillas. Este fenómeno de la juventud, es realmente complejo, constituyen una problemática global en tanto que trasciende las fronteras. Ciertamente las pandillas requieren o se debe realizar un estudio al grupo como un subsistema socio cultural propio: sus orígenes, evolución, entorno comunitario, estructura, sistema de funcionamiento, organización, relaciones y símbolos. Es importante conocer las causas que llevan a los jóvenes a organizarse en pandillas y a expresar en forma violenta, saber sus normas, valores y lenguajes. Mientras el Estado y la sociedad civil (investigadores, académicos, periodistas, organizaciones no gubernamentales), no se planteen como prioridad procurar ofertas concretas para los jóvenes y no se tomen en cuenta sus necesidades, sus derechos y aspiraciones, difícilmente se podrá superar adecuadamente su situación actual. Las instituciones públicas que encaminan la política social de los adolescentes tienen que buscar instancias, perspectivas para disminuir este dilema delincuencial. Entre los jóvenes, hay buenos y malos, los primeros son honestos, son juiciosos, buenos hijos y hermanos, estudiosos, rumberos y alegres, los otros prefieren convertirse en hampones, asesinos, atracadores, secuestradores. Pero si estos muchachos son adultos para cometer sus delitos y fechorías, porque así lo ven ellos, también deberían serlo para sus responsabilidades y consecuencias, enfrentarse a la acción de la ley y pagar la pena. El Estado no puede olvidar que el fenómeno de las pandillas también requiere de una mayor comprensión y tratamiento.