
¿Palabra humana o divina?

La Biblia fue escrita por seres humanos bajo la inspiración del Espíritu Santo. ¿Es posible sostener esa afirmación?
La Biblia fue escrita por seres humanos bajo la inspiración del Espíritu Santo. ¿Es posible sostener esa afirmación? La fe nos lleva a recibirla como Palabra de Dios, pero también resulta conducente comprobar que la historia, la arqueología, los manuscritos antiguos, las profecías cumplidas y el testimonio de los santos ofrecen razones sólidas para confiar en ella. La arqueología ha aportado evidencias significativas. En Israel se descubrió una antigua inscripción que menciona a la Casa de David. En Cesarea apareció una piedra con el nombre de Poncio Pilato y su cargo oficial. En Jerusalén fue excavada la piscina de Bethesda con sus cinco pórticos, exactamente como la describe el Evangelio de san Juan. Son solo algunos ejemplos de cómo la historia respalda el relato bíblico. Los manuscritos también hablan por sí mismos. El de Isaías, hallado entre los Rollos del Mar Muerto, copiado más de un siglo antes de Cristo, coincide de manera sorprendente con el texto actual. Del Nuevo Testamento conservamos miles de manuscritos antiguos, un respaldo documental sin comparación entre las obras de la antigüedad. A ello se suman las profecías cumplidas. Isaías anunció al Siervo doliente. Miqueas señaló a Belén como lugar del nacimiento del Mesías. Jesús anunció la destrucción del templo de Jerusalén, cumplida en el año 70. La Biblia posee, además, una unidad extraordinaria. Fue escrita a lo largo de muchos siglos por autores de distintas épocas, culturas y profesiones y, sin embargo, desarrolla un plan único de salvación, desde la creación hasta la vida eterna. Esa coherencia difícilmente puede explicarse solo desde una perspectiva humana. También merece atención el testimonio de algunos santos y místicos. La beata Ana Catalina Emmerick y María Valtorta describieron con notable riqueza episodios de la vida y la Pasión de Cristo en armonía con los Evangelios. Sin quitar ni añadir nada a la Revelación contenida en la Sagrada Escritura, sus escritos invitan a contemplarla con mayor profundidad. Pero la razón más grande para creer en la Biblia es Jesucristo. Él citó constantemente las Escrituras como Palabra de Dios, y las llevó a la plenitud con su vida, su muerte y su resurrección. La Iglesia las ha custodiado desde sus orígenes, y continúa proclamándolas en cada santa misa. Quien las acoge con un corazón dispuesto, descubre que la Sagrada Escritura no es un libro cualquiera, sino la voz viva de Dios que sigue hablándole a la humanidad.