
Ojalá ocurriera un milagro

El gobierno Petro enfrenta escándalos. La incertidumbre y la fragmentación dominan. El autor lamenta la falta de autocrítica y unidad, sugiriendo un cambio urgente.
Por: Ismael Guerra de la Ossa Tras el turbión de sucesivos y gravísimos escándalos que sacuden al Gobierno Petro y que no surgieron ni se pusieron al descubierto por el accionar de la oposición sino, ¿quién lo creyera?, por obra y gracia del círculo más cercano al primer mandatario, el país se encuentra sumido en una situación de incertidumbre, escepticismo y de un estado de cosas que no se sabe en qué van a parar. No se vislumbra una salida que nos devuelva la necesaria tranquilidad que haga posible salir adelante en nuestro proceso de desarrollo con la carga de bienestar social que piden a gritos comunidades enteras ávidas de realizaciones gubernamentales impregnadas de justicia y humanismo. Pareciéramos estar en un callejón sin salida. En momentos así lo que se estila no solo en Colombia sino en el mundo, es que el timonel del barco recapacite, reflexione, enmiende errores, enderece el rumbo y con espíritu generoso, altruista y patriótico, busque consensos, proponga acuerdos sobre objetivos fundamentales para lo cual se requiere que se despoje de prepotencias y de propósitos ideológicos saturados de sectarismos ya en desuso en la praxis de la política decente. Pero no, lamentablemente, en nuestro país, el capitán de la nave si por algo se caracteriza es por su temperamento camorrero, buscapleitos, por su ánimo siempre inclinado hacia la discordia y la confrontación, como que ello hace parte de su ADN y por eso todo lo que emprende lleva el sello de la ofensa, de la tendencia a herir y a golpear si la gente no se inclina sumisamente a los dictados de su talante dictatorial. Ante esa circunstancia, las esperanzas de que en Colombia reine la paz y la armonía social, tan indispensables para que las políticas públicas de gran calado y envergadura sociológica se conviertan en realidad, se esfuman por sustracción de materia. Qué bueno sería entonces que ocurriera un milagro, el milagro de que el presidente Petro en un momento de profunda lucidez espiritual y comprensión humana, reflexionara, recapacitara, cambiara su discurso ofensivo e hiriente, y abogara por la unidad nacional pero no “ideologizadamente” sino con patriotismo y verdaderas intenciones reconciliatorias. Otro sería nuestro país, no el que ahora tenemos: inmerso en un mar de incertidumbres y confusiones, y lo peor: más fragmentado que nunca. Ojalá se nos diera el milagro. Difícil, casi imposible, pero soñar no cuesta nada.