
Nueve días

Este mes avanza rápido. Las agendas se llenan, las reuniones se multiplican y la Navidad se acerca casi sin darnos cuenta. En medio de ese ritmo, la novena que inicia el próximo martes 16 de diciembre se presenta como un tiempo previo que nos ofrece un espacio para la oración, la revisión personal y la reconciliación familiar. No exige grandes esfuerzos ni fórmulas especiales, sino disponer el corazón con sinceridad para vivir el verdadero espíritu navideño.
Por Selma Samur de Heenan Este mes avanza rápido. Las agendas se llenan, las reuniones se multiplican y la Navidad se acerca casi sin darnos cuenta. En medio de ese ritmo, la novena que inicia el próximo martes 16 de diciembre se presenta como un tiempo previo que nos ofrece un espacio para la oración, la revisión personal y la reconciliación familiar. No exige grandes esfuerzos ni fórmulas especiales, sino disponer el corazón con sinceridad para vivir el verdadero espíritu navideño. Lamentablemente, muchos de estos encuentros terminan girando en torno a conversaciones vanas, acompañadas de comidas y bebidas que poco ayudan a la preparación interior. La Palabra de Dios nos exhorta con claridad: “Nada de comilonas ni borracheras, nada de lujurias ni desenfrenos, nada de rivalidades ni envidias. Revestíos del Señor Jesucristo”. Esta advertencia nos recuerda que la espera del Señor exige atención interior y sobriedad. La alegría cristiana no se apoya en lo externo, sino en una vida coherente delante de Dios. Junto a esta preparación, se hace más visible la costumbre de dar regalos, una práctica que se remonta a San Nicolás de Bari, obispo y bienhechor de los pobres, que sin ruido ni espectáculo realizaba obras de misericordia, viendo en el necesitado al Señor mismo. A pesar de que nunca buscó ocupar un primer lugar ni atraer miradas, con el paso del tiempo su figura ha ido desplazando al Divino Niño. Se le han puesto nombres y creado versiones que terminaron desfigurándolo. De la vida discreta del santo, se pasó primero al personaje y luego a la caricatura. Papá Noel, Santa Claus y otras invenciones modernas poco tienen que ver con San Nicolás de Bari, cuya fe se expresó en el silencio y el desprendimiento, no en el protagonismo ni en lo comercial que hoy se promueve. La novena nos ofrece una ocasión para revisar cómo estamos viviendo, a quién estamos agradando y qué lugar ocupa Dios en la vida cotidiana. Jesús no espera objetos ni gestos llamativos, sino un corazón disponible para recibirlo humildemente, sin ser reemplazado por nada ni por nadie. Vivamos estos nueve días como antesala de la Navidad, con gozo y recogimiento, buscando su verdadero sentido. No se trata de algo complicado ni extraordinario, sino de una experiencia de fe y de amor, lo suficientemente sencilla como para marcar una diferencia real que nos renueve y restaure.