
Nuestra torre

La historia de la Torre de Babel, escrita posiblemente por Moisés, intenta explicar la falta de entendimiento humano. Dios, para evitar la ambición, confundió las lenguas, creando la diversidad lingüística.
Por: Roberto Samur Esguerra. La Torre de Babel es un relato, posiblemente escrito por Moisés, que trataría de explicar por qué no podemos entendernos en armonía. Allí se cuenta que, después del diluvio universal, la humanidad se hubiera extinguido a no ser por la familia de Noé (un iraquí vinolento) única sobreviviente del diluvio, tan prolífica como los primeros tres hijos (varones) de Adán y Eva. Pues, resulta que días después de que la nave encalló en Turquía, se presentó una paloma envuelta en tarulla, y entonces supieron que la Mojana seguía inundada y amenazada por la creciente de caños y ríos que el diluvio dejó, por lo que cansados de navegar, resolvieron construir un edificio tan alto que llegara al cielo, lugar que todavía no se sabe dónde está. Para ello, primero tuvieron que expulsar a un intruso peregrino oriundo de Gat, un tal Pavah-Nhur, que se oponía a la obra. Pero no contaron con la astucia y la indignación de Yavé, que de inmediato dictó un decreto de emergencia, ordenando que todos comenzaran a hablar idiomas diferentes, de manera que, al no entenderse, prescindieran de tamaño desafío, hasta cuando llegaron a Manhattan y levantaron otras torres, igualmente pretenciosas. No está claro cómo se dispersó esa gente. A juzgar por los múltiples idiomas y dialectos que hoy existen, debe pensarse que se distribuyeron con velocidad y eficacia admirables por islas y continentes, por mares y ríos, aprovechando los desechos del arca. O por tierra, en el par de camellos que logró salvarse de las aguas. En solo África se hablan dos mil lenguas y veintitrés idiomas oficiales, incluyendo el extendido árabe. En la civilizada y confederada Europa, donde nació y murió el esperanto, todos los países presentan un idioma diferente, no obstante su vecindad. Allí se habla inglés, portugués, español, francés, italiano, alemán, polaco, turco, sueco, etc. y un poco más allá, ruso, entre otros. En Asia, pasan de dos mil las formas de hablar, sin contar el japonés, hindi, chino y mandarín. La situación parece menos complicada en América, si en el sur se habla español, con la excepción del portugués de Brasil y del incluyente de Venezuela (de obligatorio uso oficial aquí) sin contar, claro, con los diversos dialectos indígenas. En el Norte prevalece el inglés. En nuestra locombia existen setenta lenguas aborígenes, y, por supuesto, un castellano con giros, modismos y acentos distintos en cada departamento, así como enrevesado y hostil en el argot de la política, lo que impide que logremos entendernos, si parece que cada quien quisiera construir su propia torre en su especial idioma, ya no para acercarse al cielo, sino para transitar por los pedregosos caminos que conducen al poder y a su ejercicio.