
No pasa nada

Hacer como que no pasa nada, callarse la molestia, la rabia, la tristeza o la incomodidad. Esa era su estrategia para garantizar una sana convivencia. No pedía nada y se convencía a sí misma estar conforme con lo que recibía, es que ella era una persona agradecida, que había aprendido desde pequeña a no molestar a nadie, a encerrarse en la habitación que compartía con su mamá y jugar solita y calladita, no fuera a molestarse la abuela, que ya bastante hacia al tenerlos en su casa y no le gustaba que los niños anduvieran por ahí dando vueltas, correteando y jugando
Hacer como que no pasa nada, callarse la molestia, la rabia, la tristeza o la incomodidad. Esa era su estrategia para garantizar una sana convivencia. No pedía nada y se convencía a sí misma estar conforme con lo que recibía, es que ella era una persona agradecida, que había aprendido desde pequeña a no molestar a nadie, a encerrarse en la habitación que compartía con su mamá y jugar solita y calladita, no fuera a molestarse la abuela, que ya bastante hacia al tenerlos en su casa y no le gustaba que los niños anduvieran por ahí dando vueltas, correteando y jugando. Si tenía hambre, aguantaba, debía esperar a que su mamá llegara en la noche de trabajar, cansada, esperando que ella no le pusiera problemas, porque problemas ya tenia bastantes luego de la muerte de su esposo y hacia malabarismos para sostener a sus dos hijos mientras ocultaba tras una laboriosidad cansada e infinita el dolor de su viudez. No molestar a nadie se convirtió casi que en un mantra, el cual complementó haciéndose cargo sola de todo: no pedir ayuda, no mostrar debilidad, tenerlo todo bajo control, planear para no tener sorpresas. Se convirtió en una mujer fuerte que no necesitaba de nadie y a la que todos aprendieron a ver como incansable. Era ella a la que la familia llamaba para poner quejas el uno del otro, era ella la que gestionaba los tramites engorrosos, fue ella la que cuidó sola a su mamá durante aquellas semanas en las que estuvo hospitalizada, porque a nadie se le ocurrió que necesitaba ayuda y obviamente nunca la pidió. En consulta conversamos acerca de ese secretismo, de su intención de esconderlo todo para no verse frágil, débil o vulnerable. Descubrimos en diferentes escenas de la vida familiar esa idea de que no hay que decir mucho para no incomodar, no hay que exigir ni pedir para no verse débil, que mostrar la molestia era entrar en conflicto y que eso de ser peleona era absolutamente indeseable, nadie la iba a querer así. Aquella mañana en consulta, me contaba entre orgullosa y confrontada, que se había sentado con el papá de su hijo a contarle cómo se sentía realmente. Me decía que habló largo, sin pausas, sorprendida de ver todas las cosas que había guardado durante tanto tiempo. “Te confieso Olga que yo me había preguntado cómo me daba cuenta que la terapia me estaba sirviendo” me dijo “pero cuando me vi a mi misma diciendo sin vergüenza ni miedo todo lo que nunca había expresado, comprendí que de eso se trata la terapia, de darme cuenta de lo que hago, por qué y para qué lo hago y no seguir sumando errores a la estructura defensiva que había armado durante tanto tiempo” Y si, así funciona la terapia. De consulta pocas veces se sale con las instrucciones sobre qué hacer y qué no hacer. Se sale con la claridad de qué me ha hecho ser, sentir, pensar y actuar de cierto modo y de ahí poner en movimiento la voluntad para transformarlo.