
Naturaleza, gestión y territorio

Las emergencias recientes en Córdoba, Coveñas, Cartagena y la Región Caribe revelan, una vez más, la vulnerabilidad de nuestras regiones frente a eventos climáticos cada vez más intensos.
Las emergencias recientes en Córdoba, Coveñas, Cartagena y la Región Caribe revelan, una vez más, la vulnerabilidad de nuestras regiones frente a eventos climáticos cada vez más intensos. Las inundaciones en la cuenca del Sinú y del San Jorge, los desbordamientos que han afectado a miles de familias y los estragos del frente frío muestran un patrón que ya no puede leerse como excepcionalidad, sino como una señal persistente de un territorio que exige nuevas formas de gestión y cuidado. Las familias afectadas necesitan apoyo, acompañamiento y presencia institucional oportuna. Pero también nos invitan a pensar en cómo fortalecer la preparación y la resiliencia de las comunidades. La solidaridad también implica promover capacidades que permitan enfrentar mejor los riesgos futuros. La adaptación climática se construye desde el territorio, con la gente y para la gente. Al mismo tiempo, estas emergencias ponen sobre la mesa una discusión más amplia sobre el modelo de desarrollo que hemos sostenido. La presión sobre los ecosistemas, la ocupación de zonas inundables, la degradación de humedales y la falta de planificación territorial coherente con los ciclos del agua amplifican los impactos de las lluvias y los frentes fríos. No es solo el clima: son las decisiones acumuladas que han debilitado la capacidad natural del territorio para protegernos. En días recientes, el Banco Interamericano de Desarrollo planteó la necesidad de superar el “trilema” entre economía, naturaleza y bienestar humano. Lo que ocurre en Córdoba y en el Caribe confirma esa urgencia. No podemos seguir tratando la protección ambiental como un obstáculo al desarrollo, ni el crecimiento económico como una justificación para ignorar los límites ecológicos. La naturaleza no es un lujo, es infraestructura vital. Su degradación tiene costos sociales y económicos que hoy se hacen evidentes en cada inundación, cada desbordamiento y cada emergencia que se repite año tras año. Las lluvias de estas semanas dejan dolor, pérdidas y preocupación, pero también una oportunidad para replantear nuestra relación con el territorio. Si queremos evitar que estas crisis se conviertan en la normalidad, debemos avanzar hacia políticas públicas que integren la economía, la naturaleza y la vida de las personas como partes inseparables de un mismo sistema. Solo así podremos construir un futuro menos vulnerable y más justo para las comunidades que hoy enfrentan, una vez más, las consecuencias de un clima que cambia y de un territorio que pide ser cuidado.