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Opinión

Mujer biológica y otras mujeres

Susana Viera
Susana Viera
Columnista
5 de abril de 2026

Hay debates que no son cómodos, pero sí necesarios. Este es uno de ellos. Durante años, la discusión sobre diversidad sexual y de género ha avanzado, y en muchos aspectos, hacia el reconocimiento de identidades históricamente invisibilizadas. Sin embargo, en ese proceso, hemos comenzado a evitar preguntas fundamentales, como si plantearlas implicara automáticamente una forma de exclusión. No debería ser así.

Hay debates que no son cómodos, pero sí necesarios. Este es uno de ellos. Durante años, la discusión sobre diversidad sexual y de género ha avanzado, y en muchos aspectos, hacia el reconocimiento de identidades históricamente invisibilizadas. Sin embargo, en ese proceso, hemos comenzado a evitar preguntas fundamentales, como si plantearlas implicara automáticamente una forma de exclusión. No debería ser así. Mi primer contacto con la diferencia fue cotidiano. A los catorce años conocí a una vecina que rompía con todos los moldes de lo femenino en su entorno. Vestía distinto, se movía distinto, bailaba break dance cuando eso apenas empezaba a verse en los barrios. No había categorías para explicarlo, pero había una certeza, la diversidad existe. Con el tiempo entendí que aquello no era una fase de adolescencia, sino una forma de identidad. Y desde entonces, mi posición ha sido clara, el respeto por las orientaciones sexuales no es mi discusión. Pero el debate actual ya no se limita al respeto. Hoy estamos frente a una transformación más profunda. La redefinición de categorías, no solo tienen un valor simbólico, sino también implicaciones biológicas, jurídicas y políticas. Y es ahí donde la conversación se vuelve más compleja y urgente. Porque una cosa es reconocer la diversidad, y otra distinta es negar las diferencias materiales que existen entre los cuerpos. La biología no es una construcción ideológica. La reproducción humana, por ejemplo, no admite interpretaciones, depende de la complementariedad entre cuerpos sexuados y cromosomas. El problema está en la dificultad para establecer límites claros en aquellos espacios donde las diferencias biológicas sí importan. El deporte es uno de los casos más evidentes. Las categorías femeninas surgieron para garantizar condiciones de competencia equitativas frente a diferencias fisiológicas comprobadas. Ignorar esto en nombre de la inclusión no elimina una desigualdad, puede crear otra. Sin embargo, reducir el debate a una confrontación entre “biología” e “inclusión” es un error. La verdadera pregunta es más exigente. ¿Cómo construir políticas públicas que reconozcan la diversidad con las categorías necesarias para garantizar derechos? Esta no es una discusión menor. Tiene implicaciones en salud, educación, deporte y en la forma misma en que el Estado diseña sus intervenciones. Reconocer la existencia de la mujer biológica no es un acto de exclusión. Es, más bien, una condición para poder discutir con claridad qué significa la equidad en un mundo donde se multiplican las categorías. Porque si todo puede ser redefinido sin límites, el riesgo no es la inclusión. El riesgo es perder la capacidad de distinguir que existen realidades irrefutables como la mujer biológica. Al final de la vida, la antropología solo distingue hombre y mujer, sin importar la categoría, la apariencia o la autopercepción.